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Del editor: “Ganamos”

Del editor: “Ganamos”

Dr. Alberto J. Rotenberg

9 de noviembre de 2020

Cuando las luces del reciente acto eleccionario aun no se han apagado y todo apunta a confirmar que Joe Biden será el nuevo presidente de los Estados Unidos, se ha instalado la pregunta acerca de si el resultado ha favorecido a la comunidad judía.

En las semanas previas este tema era abordado desde diferentes enfoques y, a su vez, se han verificado algunos hechos sin precedentes. Varios rabinos muy importantes han salido públicamente a alentar a los judíos a rezar por el triunfo de uno de los candidatos como una muestra de agradecimiento y ponderación de todo lo bueno que había realizado en favor de los intereses de Israel y los judíos. El propio candidato hizo notar esta circunstancia en varias oportunidades esperando que sus acciones se vean recompensadas en votos. Otro rabino anticipó el resultado de la elección basándose en una serie de deducciones a partir del texto de la Torá haciendo gala de la inefabilidad de sus predicciones.

Sin embargo, Trump perdió.

Sabemos que tenemos un Creador que maneja el mundo. Que ganará el que El quiera que gane y siempre será lo mejor. Promover públicamente a un candidato invocando públicamente al Todopoderoso podría interpretarse como usar Su nombre en vano, ya que ¿qué van a pensar ahora quienes escucharon a los rabinos sus demandas de rezos por el postulante perdedor o aquel que trajo a la Torá para apoyar sus elaboradas predicciones? Todo ello sin perjuicio que involucrarse activamente en política en favor de uno y otro candidato no se observa como una decisión inteligente, pues el resultado puede no ser el esperado.

Hace algunos años, cuando el actual presidente saliente recién había obtenido su triunfo electoral frente a Hillary Clinton, un rabino residente en los Estados Unidos sostuvo que hubiera sido mejor para los judíos que hubiera ganado su adversario. No se hicieron esperar las voces que cuestionaban respetuosamente esta afirmación. El anterior presidente Barak Obama se había mostrado claramente como antisraelí, mientras las promesas de Trump recorrían el camino opuesto, como el anunciado traslado de la embajada a Jerusalem -lo que efectivamente cumplió-. El rabino se limitó a señalar que cuando un presidente no actúa en favor de los judíos, la comunidad tiende a unirse y fortalecerse frente a la amenaza y a la adversidad. Con un presidente amigo, los judíos se apoyan en sus acciones de gobierno mientras florecen las diferencias y discrepancias internas.

Nada más cierto.

Durante la gestión de Trump se logró algo impensado para muchos, los acuerdos de paz con varios países árabes y su alejamiento fáctico de la retórica agresiva y beligerante de los líderes palestinos. Entre paréntesis, tal vez no sea “acuerdo de paz” la expresión más exacta -ya que no existía un estado de guerra-, pero sí una exteriorización y normalización de las relaciones en el ámbito diplomático y político.

Sin embargo, paralelamente, se agudizaron las tensiones internas entre los propios judíos, desde las interminables idas y vueltas para formar gobierno en Israel hasta el recrudecimiento de la tirantez entre observantes y no observantes -que se hizo más palpable a raíz de la pandemia-. Sin duda que la buena relación de Israel con sus vecinos, especialmente con aquellos con los que se arrastraba un pesado lastre de largos años de enemistad manifiesta, puede ser un motivo de celebración y regocijo en la medida que la relación permita incrementar la confianza mutua y se traduzca en un vínculo que impacte positiva y constructivamente en todos los aspectos. Pero ello no debe hacernos olvidar que, por encima de todo, está la vocación y el esfuerzo inclaudicable que cada judío debe hacer en favor de acercarse a su prójimo, en recordar que cada judío es garante el uno del otro, en comprometerse firmemente en intentar comprender y acercarse a su hermano en lugar de aislarse y descalificar al que -por diferentes motivos- no actúa o piensa de la misma manera.

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