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El Rab Ovadia Yosef, ocho años

El Rab Ovadia Yosef, ocho años


Sivan Rahav Meir

Este Shabat se cumplirá 8 años de la desaparición física del Rav Ovadia Yosef. En retrospectiva, estoy un poco avergonzada. Cuando era una joven reportera asistí a importantes conferencias con él en todo el país. 
Recuerdo el aterrizaje del helicóptero, las de personas miles vitoreando y yo, buscando un titular. Nosotros, los reporteros, escuchábamos los largos sermones, tratando de encontrar en ellos una pista de quién encabezaría Shas (partido político ortodoxo), o alguna crítica hacia el gobierno, para salir corriendo a transmitir.
Han pasado ocho años y hoy las opiniones del rabino sobre Olmert o Sharon no son tan interesantes. La razón por la cual, entonces, llegaban miles de personas, es bastante diferente. La razón por la cual su funeral fue el evento público más grande en la historia del Estado de Israel, con más de medio millón de personas, es totalmente diferente. La razón real es la identidad, el propósito, la tradición. El deseo de continuar con orgullo y alegría la gloriosa herencia de la judería sefaradí. Y era posible ver esto todo el tiempo, en todos los momentos que no fueron transmitidos. 
Aun mantengo estos momentos en mi memoria: Cierta mañana estábamos parados frente la puerta de su casa, en medio de una crisis de coalición. Una familia del sur del país llego allí para realizar un brit milá, se encendieron los micrófonos, ya que quizás el Rav diría algo, pero él sólo pidió hablar en voz baja con la madre del bebé. Le pregunté a ella, momentos después, qué le había dicho el Rav y ella relató: el Rav nos pidió que le demos a nuestro hijo una buena educación, para que no se olvide de donde hemos venido y hacia dónde vamos.
Cierta vez, en un gran mitin en la ciudad de Elad, en el apogeo del calor, recuerdo que el Rav gritó “Hay niños judíos que no saben el Shemá Israel” y empezó a llorar. Su voz se ahogó con dolor por este hecho.
Cierto sábado en la noche, yo estaba en la sección de las mujeres, en la sinagoga Yazdim y tenía un ángulo de visión especial. Desde arriba sólo veía su sombrero y la bata. En aquella época se hacían turnos entre los reporteros.  Cada vez alguien diferente escuchaba el sermón y buscaba si había algo que reportar. En esta noche, era mi turno. El rabino terminó un sermón emocionado sobre el hecho de que la generación más joven había sido despojada de su identidad, que teníamos que restaurar la antigua gloria a la corona y como cada Miztvá o buena acción que hacemos cambian la realidad por toda la eternidad. “No hay titular” señalé a mis colegas. 
En retrospectiva, éste era el titular de su vida.
En su memoria.

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