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Más cara sin máscara

Más cara sin máscara

Dr. Alberto J. Rotenberg

Estaba pasando un momento de sano esparcimiento en un hotel de Miami cuando pasó un hombre de edad avanzada luciendo su kipá y sus tzitzit. Como suele suceder, no transcurrió mucho tiempo antes que nos cruzáramos una sonrisa y las mutuas presentaciones. Había venido de Canadá junto con varios miembros de su familia a celebrar la boda de su hija, debido a las restricciones que existen en aquel país -y que son más laxas en esta parte de Estados Unidos-. Este buen hombre me invitó a sumarme al Minián de Shabat que celebrarían en un salón del hotel, ya que incluso habían traído un Séfer Torá.

Dudé. Hace meses que he decidido no participar en ningún Minián que entrañe algún riesgo de contagio. Luego de meditarlo en varias oportunidades, opté por rezar junto a mi hijo en la habitación. Apenas habíamos terminado con el rezo de Arbit de Shabat ese viernes por la noche, cuando una sirena comenzó a sonar fuertemente mientras una voz clamaba desde un teléfono con el auricular colgado que había orden de evacuación por un presunto incendio. Así fue que, prontamente, abandonamos la habitación saliendo por la puerta más cercana hacia el parking descubierto y de allí a la entrada del hotel. Grande fue la sorpresa cuando nos encontramos con un nutrido grupo de hombres y mujeres, prácticamente todos vestidos con los atuendos elegantes de Shabat… y sin la máscara. Pregunté a la persona más cercana cuál era la razón por la que prácticamente nadie tenía su tapaboca y me respondió que ya todos habían tenido el Covid 19.

Su respuesta estuvo lejos de conformarme. ¿Y qué? ¿Acaso voy a pedir a cada uno su certificado de haberse recuperado de la enfermedad? Siendo clara la obligación de usar máscara dentro de los espacios comunes del hotel, la conducta de mis hermanos me produjo una mezcla de vergüenza e inocultable fastidio.

Sin embargo, no me fue mejor durante unos pocos días que pasé en una conocida ciudad turística de México. Mi lugar de residencia estaba cerca de un Beit Jabad (qué gran jésed hace Jabad con su presencia en cada rincón donde late vida judía). Además de un salón de rezos había un servicio de comidas (hamburguesas, pollo frito y grillado y algunos acompañamientos), donde lucía un cartel con la indicación de usar máscaras. Sin embargo, ni el atento joven que atendía ni los que estaban en la cocina usaban barbijo. “Ya me contagié dos veces” me dijo, “y los cocineros también”. “Es más” -agregó- “yo usaba máscara, pero cuando vi que nadie la llevaba puesta en la sinagoga, la dejé de usar yo también”. “Tal vez”, le contesté, “si de todos modos te la pusieras, los demás también se verían inclinados a respetar las indicaciones y podrías de este modo influir positivamente en el resto de la gente”, concluí sin demasiada convicción.

Es muy caro el precio que hemos pagado por no usar máscaras. Sin dudas que todo viene del Cielo y sólo dejan este mundo aquellos que –jas veshalom ve lo aleinu– les toca y no otros. Sin dudas que muchas personas hacen caso omiso a la obligación generalizada de usar máscaras, cuya función es proteger a quien la usa y a sus semejantes. Sin embargo, debemos tener en claro dos conceptos: 

  • Nuestra obligación de cuidar la salud, es decir, adoptar todas las medidas de protección más allá de que nada ni nadie nos garantiza al ciento por ciento de no contagiarnos.
  • Cuidarnos de no profanar el Nombre Divino -no incurrir en “jilul Hashem”- actuando deliberadamente en contra de todas las indicaciones de las autoridades sanitarias y generando de ese modo un sentimiento negativo, basado en la idea que no nos importa nuestra salud ni la de los demás.

Todavía seguimos llorando a tanta gente, entre ellos grandes rabinos de esta generación, que fallecieron víctimas de esta enfermedad.

El Creador nos dio salud para que la cuidemos mucho y podamos cumplir cada uno con nuestra misión. Sin máscara la vida es más cara. Ya hemos pagado un precio demasiado alto. Y lo seguimos pagando.

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