Algunos funcionarios de seguridad israelíes dicen que la operación del buscapersonas contra Hezbolá fue un juego de niños en comparación con los preparativos para una misión mucho más riesgosa: una operación clandestina del Mossad llevada a cabo bajo fuego en el bastión de Hezbolá del barrio de Dahieh en Beirut, reveló Ynet el domingo.
En septiembre de 2024, un equipo del Mossad entró en el concurrido barrio chií de Haret Hreik con paquetes camuflados como artículos de uso diario. Se protegieron la cabeza mientras caminaban por los callejones, evitando por poco ser alcanzados por la metralla mientras los aviones israelíes bombardeaban la zona para ahuyentar a los guardias armados de Hezbolá.
Los agentes eran muy conscientes de lo que estaba en juego: la captura significaba una muerte segura, y el descubrimiento de sus dispositivos podría comprometer las tecnologías más sensibles de Israel. Su destino era un bloque de apartamentos de gran altura que ocultaba el búnker de mando subterráneo de Hezbolá, una ubicación conocida sólo por el círculo más cercano de Nasrallah.
Los servicios de inteligencia indicaron que el propio Nasrallah tenía previsto reunirse allí con el comandante de la Fuerza Quds iraní, general Abbas Nilforoushan, y el jefe del frente sur de Hezbolá, Ali Karaki.
Los audaces agentes del Mossad que llevaron a cabo la operación creían que sus probabilidades de supervivencia eran sólo del 50%. Incluso si escapaban a la detección de los guardias armados de Hezbolá, corrían un alto riesgo de ser alcanzados por la metralla israelí. Una tensa conversación entre los agentes y su supervisor tuvo lugar tan sólo horas antes de la operación. Los agentes insistieron en que la Fuerza Aérea Israelí detuviera el fuego durante su misión, pero su supervisor se negó a considerarlo, alegando que los ataques obligarían a los guardias de Hezbolá a buscar refugio, lo que les daría la oportunidad de infiltrarse en el edificio.
Los sofisticados dispositivos que instalaron los agentes fueron esenciales para el éxito de la misión, permitiendo a los pilotos de combate realizar ataques precisos y penetrantes a distintas profundidades subterráneas. Incluso una desviación de un metro podría arruinar la misión, ya que las bombas impactarían en zonas adyacentes a los túneles, en lugar de en su interior. Las armas que penetraron el laberinto subterráneo de Dahieh se habían desarrollado en 2022, antes del asalto de Hamás del 7 de octubre. El programa —una colaboración entre el Ministerio de Defensa, la Unidad 8200, Rafael y Elbit— produjo ojivas y sistemas de puntería diseñados para atacar a distintas profundidades subterráneas. La tecnología estaba destinada no sólo al Líbano, sino también a un posible ataque futuro contra las instalaciones nucleares de Irán.
El 27 de septiembre de 2024, 10 aviones de combate israelíes lanzaron 83 bombas antibúnker BLU-109 de una tonelada, guiadas no sólo por GPS, sino también por los dispositivos de puntería especializados del Mossad, colocados por los agentes. Las bombas derrumbaron el búnker de mando, matando al líder de Hezbolá, Hassan Nasrallah, a Karaki, a Nilforoushan y a cientos de terroristas de Hezbolá. Las autoridades israelíes declararon que el mando central de Hezbolá estaba prácticamente destruido.
El plan original preveía aproximadamente la mitad de esa cantidad de bombas. Pero entonces, el ministro de Defensa, Yoav Gallant, insistió en que se duplicara la cantidad para asegurar la muerte de Nasrallah.
Las eliminaciones desencadenaron la represalia más feroz de Hezbolá en décadas: bombardeos de cohetes, drones y fuego antitanque bajo el lema de la “Operación Khaybar”, tras una victoria musulmana del siglo VII sobre las tribus judías de Arabia. El grupo nombró rápidamente a Hashem Safieddine como sucesor de Nasrallah, pero él también fue eliminado en un ataque israelí una semana después. Naim Qassem asumió entonces el liderazgo de la asediada organización terrorista.
















