Sivan Rahav Meir
Hoy se cumplen 4 años del fallecimiento del Rabino Simja Kook, quien fue durante décadas el rabino principal de la ciudad de Rehovot, además de ocupar muchos otros cargos importantes. He aquí una pequeña enseñanza que podemos aprender de su gran personalidad:
Él era una persona de elevación espiritual. Cuando veía algo positivo, intentaba engrandecerlo y elevarlo. Cada buena acción y cada mitzvá eran algo valioso, era lo más importante en el mundo en aquel instante, y todos éramos parte de ello. Así nos hacía sentir cuando estábamos cerca de él.
Cuando estudiaba y enseñaba Torá, por supuesto, esto era lo principal. Sobre ello se sostiene el mundo. Y esa importancia y grandeza las llevaba también a todas sus acciones: cuando era sandak, el padrino en una circuncisión y bendecía al bebé recién nacido explicando el significado de la mitzvá que se estaba cumpliendo en este momento; o cuando recibía a una familia de nuevos inmigrantes que acaban de llegar desde Rusia a Rehovot. Cuando casaba a una pareja que estaba formando un hogar y hablaba bajo la jupá (también nosotros tuvimos este mérito, ya que Rav Simja ofició en nuestra boda), y cuando se emocionaba al ver el establecimiento de una nueva comunidad en la Tierra de Israel. Cuando colocaba una mezuzá en un nuevo negocio de la ciudad de Rehovot, y también cuando lideraba luchas públicas importantes, pronunciando discursos firmes y contundentes.
Todo era lo más importante. Todo era la realización de antiguas profecías que poco a poco volvían a cobrar vida. Incluso en los pequeños detalles: el guardia en la entrada de una escuela a la que él llegaba recibía de él una dosis de elevación. “Tú cuidas este lugar y gracias a esto los niños pueden estudiar; bendito seas”. Y así ocurría también con un adolescente que se levantaba temprano para las plegarias de Selijot, una madre empujando un cochecito por la calle o un taxista que lo llevaba a dar una clase. Simplemente daba a cada persona, con una sonrisa y amabilidad, una sensación maravillosa. Intentaba conectar cada cosa con la santidad y con el propósito de la vida.
Están invitados a intentar vivir un poco más con esa conciencia: encontrar elevación y grandeza en sus propias vidas, y también elevar a quienes los rodean.
En su memoria.
















