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¿Donald Trump es bueno para Israel?

¿Donald Trump es bueno para Israel?

Pilar Rahola

Foto: Benjamin Netanyahu y Donald Trump

¿Tanto recorrido para dar un giro de 360 grados? Es la pregunta que Donald Trump debería hacerse si su desmesurado ego le permitiera la vaga idea de haber errado. Pero siendo impulsivo, errático, impaciente y tremendamente megalómano, es inimaginable que haga el pertinente análisis crítico. Por ello, también es impensable que advierta la magnitud del fracaso que está protagonizando.

Se trata de Irán, y con Irán, se trata del Líbano, de Gaza, y de lo que todo ello significa para la supervivencia de Israel. Es ahí donde los 360 grados se convierten en la metáfora de un viaje hacia ningún lugar. A estas alturas, a más de tres meses del inicio de la guerra contra el régimen de los ayatollahs, ninguno de los objetivos fijados se han alcanzado: la dictadura no ha caído; la Guardia Revolucionaria continúa dominando Ormuz y usándolo como arma de desestabilización energética; no se ha recuperado el uranio enriquecido; se ha dado pábulo a Qatar para reforzar su posición estratégica; y no solo no se ha frenado la capacidad mortífera de Hezbollah, sino que Israel ha quedado solo en su intento de contención. Hemos pasado de un régimen herido de muerte, a un Irán que domina las reglas de juego, mientras agota a sus enemigos con negociaciones delirantes. De hecho, es tal el agotamiento que Trump parece haber perdido el interés, en un paralelo a lo que pasó con las negociaciones que prometió entre Rusia y Ucrania, que quedaron en nada. Hombre de éxitos inmediatos, no digiere bien los procesos que quedan estancados, y es ahí donde parece estar ahora: sin cartas con las que jugar, y cada vez más aburrido. Irán, en cambio, es un maestro en el arte de engañar, manipular, distender y finalmente controlar las negociaciones. La impaciencia patológica de Trump contra la paciencia bíblica del régimen teocrático.

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Que la guerra ha tenido éxitos considerables, es indiscutible: desde el severo daño que ha sufrido la industria armamentística iraní, o la destrucción de una parte substancial de sus sistemas de misiles, hasta el colapso de su economía y el global debilitamiento del régimen. Además, incluso manteniendo su vocación nuclear, es evidente que se ha retrasado por años. Pero la hipótesis inicial con la que Trump empezó la guerra, en el sentido de que decapitando a la cúpula, arrasando a la aviación y la marina y dañando la economía, la victoria era segura, topó con Ormuz. Nadie preveía que el régimen aguantaría hasta el límite si mantenía en su poder la llave energética, y el estrecho se convirtió en el Waterloo de Trump. Y ahora, sin cartas inmediatas por jugar, parece que el Presidente norteamericano se ha hartado.

La cuestión es cómo queda Israel en esta situación. Es un hecho que Trump ha sido muy importante para el estado hebreo, tanto por la cancelación del nefasto acuerdo nuclear de Obama y por los Acuerdos de Abraham que impulsó en su primer mandato, como por el plan de paz que condujo a la liberación de los rehenes del 7 de octubre. Y, desde luego, el súmmum de convergencia entre ambos países ha sido la guerra contra Irán. Pero las amistades de Trump pueden durar lo que dura su humor, y ahora que sus planes respecto a Irán no han tenido el éxito que esperaba, el riesgo de que abandone a Israel a su suerte es alto. Algunos síntomas son en este sentido preocupantes. De entrada, su fluctuación en las negociaciones sobre el tema nuclear, lo cual es una auténtica red flag para Israel. También su abandono del plan de Gaza, que duerme el sueño de los justos, mientras Hamas aprovecha el alto el fuego, reconstruye su estructura y se rearma. Pero el síntoma más preocupante, que ha tenido su paroxismo en la terrible bronca telefónica de Trump a Netanyahu, es el tema del Líbano. Una bronca adecuadamente filtrada por la Casa Blanca a la prensa internacional.

El Líbano, o más concretamente Hezbollah, es la otra red flag de Israel, de ahí que la exigencia de Trump de parar los ataques de las FDI a las estructuras de Hezbollah es un golpe de enorme calado para la estrategia defensiva israelí. Primero, porque el alto el fuego siempre ha sido un espejismo, dados los centenares de misiles que sufren los ciudadanos del norte de Israel. Como decía el Jerusalem Post en su editorial, la tregua solo existe “en los cables diplomáticos de Washington y en la retórica esperanzadora de los observadores internacionales”. Pero sobre el terreno, la guerra es permanente. En este sentido, la decisión de atacar a los bastiones de Hezbollah del barrio de Dahiyeh en Beirut, era necesaria si realmente se quiere acabar con el poder destructivo del grupo terrorista, pero Trump ordenó parar la ofensiva, y ello conlleva tres consecuencias: una, convertir Dahiyeh en un santuario de Hezbollah; dos, socavar la soberanía defensiva de Israel, supeditada a las necesidades de Trump; y tres, criminalizar aún más a Israel en la esfera internacional.

Es evidente que conseguir un acuerdo de paz en el Líbano y, más allá, establecer relaciones estables con Israel, es el objetivo soñado. Y es loable el intento de la Casa Blanca en este sentido. Pero sólo tiene sentido si las negociaciones con el Líbano tuvieran avances reales -no los tienen-, se neutralizara la capacidad mortífera de Hezbollah -no se neutraliza-, y los ciudadanos del norte israelí no sufrieran lluvias permanentes de misiles -los sufren-. Con un Hezbollah que mantiene miles de cohetes y misiles, que ha asegurado que boicoteará cualquier acuerdo, que tiene a Irán como guardián, y que aprovecha cualquier tregua para reforzarse, mientras continúa marcando la agenda libanesa, cortar las alas a Israel es un alto riesgo para la seguridad de sus ciudadanos. Especialmente cuando ello no se hace por estrategia militar, sino por urgencias políticas obsesionadas en tener éxitos inmediatos.

Khamenei, el talón de Aquiles de Trump, y Trump, el talón de Aquiles de Netanyahu, esa podría ser la sorprendente culminación de una guerra que empezó con buena planificación, mostró un poderío militar absoluto y finalmente se estancó en un pequeño estrecho lleno de oro negro. Trump será quien fracase, si al final no consigue una salida airosa. La cuestión es saber si será Israel quien pagará las consecuencias.

X: @RaholaOficial

Web: https://pilarrahola.com

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