Rab Yosef Bitton
La periodista y escritora judía estadounidense Abigail Shrier, en su libro Bad Therapy (2024), no niega que la terapia pueda ayudar e incluso salvar vidas; lo que advierte es que en ciertos círculos se ha vuelto rutinaria aun cuando no hace falta. Su crítica apunta a una cultura que, en nombre de la catarsis, hace que el chico se ponga a rumiar una y otra vez en su malestar —y la rumiación, lejos de aliviarlo, lo encierra en un ciclo de ansiedad que solo lo hunde más. Preguntarle sin parar “¿cómo te sentís?”, validar cada miedo, monitorear cada emoción: todo eso, dice Shrier, fabrica el problema que pretende curar.
Para esa ansiedad que nace de la abundancia y del no tener otra cosa en qué ocuparse, su receta no es el diván sino la vida real. Y es muy concreta. Darle al chico quehaceres en la casa, tareas que de verdad importen y que tenga que cumplir. Animarlo a conseguir un trabajo -de medio tiempo, de verano-, ganarse algo con su esfuerzo. Dejarlo moverse y resolver solo: hacer un mandado, ir a un lugar sin que un adulto lo vigile, jugar con otros chicos sin supervisión, negociar sus propios conflictos. Poner reglas claras en el hogar y sostenerlas, en lugar de discutir cada punto como si fueran dos adultos. Y, del otro lado, soltar: dejar de acolchar cada caída y de tratar cada tropiezo normal del crecer como una herida que necesita tratamiento.
Lo que forja un carácter sólido no es hurgar en los problemas pequeños hasta agrandarlos, sino la competencia: sentir que uno puede valerse por sí mismo, que sirve, que vale. El chico que carga una responsabilidad real está demasiado ocupado siendo capaz como para vivir pendiente de su propio malestar.
















