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Jugando con fuego: El desafío fatal de Kóraj

Jugando con fuego: El desafío fatal de Kóraj

Rachel Wigman

La rebelión de Kóraj fue, en pocas palabras, un escándalo mayúsculo. Si bien no se conoce con exactitud la fecha de la rebelión, el consenso general es que tuvo lugar aproximadamente al mismo tiempo que el Pecado de los Espías, ya sea justo antes o poco después. Pero se trataba de una nación joven, aún en una situación precaria, cuando Kóraj, primo hermano de Moisés y Aarón, sembró la discordia.

Aparentemente, su argumento era que la nación no necesitaba intermediarios entre ellos y Di’s porque “toda la nación es santa” (Números 16:3). Sin embargo, el Midrash explica el contexto: el padre de Kóraj, Itzhar, era el segundo hijo mayor de la familia de Kehat, uno de los tres hijos de Leví. El hermano mayor de Itzhar, Amram, fue padre de Moisés y Aarón, quienes se convirtieron en líder y sumo sacerdote, respectivamente. Por derecho de nacimiento, el siguiente en la línea de sucesión de la familia Kehat para una posición de prominencia debería ser el hijo mayor de Itzhar, es decir, Kóraj. En cambio, el menor de los primos se convirtió en príncipe de la tribu, y a Kóraj se le asignó la tarea de llevar el Arca de la Alianza. Cabe aclarar que el trabajo de Kóraj fue un gran honor, pero él se sintió menospreciado y relegado, y no estaba contento con ello.

Sin embargo, es difícil provocar verdaderos disturbios cuando la venganza es personal. En cambio, Kóraj la convirtió en un asunto que afectaba a todos, y en particular a los primogénitos que habían sido despojados de sus derechos sacerdotales para servir en el Templo como consecuencia de su participación en el pecado del becerro de oro. La pérdida, relativamente reciente, no se había olvidado, y Kóraj la aprovechó, convenciendo a doscientos cincuenta hombres para que se unieran a su rebelión.

Una diferencia clave entre Kóraj y los doscientos cincuenta es que Kóraj participó en esta lucha por motivos personales. Su honor había sido ultrajado; no se le había concedido el prestigio que creía merecer. En cambio, los participantes estaban motivados principalmente por su deseo de servir a Di’s directamente como sacerdotes.

Moisés sabía que esta rebelión debía ser sofocada de una manera tan decisiva que no dejara lugar a dudas desde entonces hasta el fin de los tiempos. “Por la mañana”, dijo, “Di’s dará a conocer quién es suyo, quién es el santificado, a quién ha acercado a Él, y a quien Él escoja, a quien Él acercará. Esto es lo que harán: tomen incensarios, Kóraj y toda la congregación. Pondrán sobre ellos brasas y arrojarán incienso delante de Di’s mañana. Y sucederá que el hombre que Di’s escoja, ese es el santificado” (Números 16:5-7).

La prueba es clara, y las consecuencias aún más. Habían transcurrido menos de seis meses desde la inauguración del Tabernáculo, que incluyó el desastre de los dos hijos mayores de Aarón, quienes quemaron incienso sin autorización y murieron instantáneamente. El suceso aún estaba fresco en la memoria del pueblo. Además, por si fuera poco, Moisés utiliza un lenguaje sorprendentemente similar en su mandamiento al que usó para describir el incidente con los hijos de Aarón. Los hombres que debían presentar la ofrenda de incienso al día siguiente sabían que, si no eran los elegidos, morirían.

Aun así, decidieron hacerlo. Es una poderosa reflexión sobre la psicología humana y sobre cómo, a pesar de saber lo escasas que son nuestras posibilidades de salir victoriosos, nos convencemos de que todavía existe la posibilidad. Cada uno de los doscientos cincuenta creyó sinceramente que sería el último en pie al día siguiente. Y cada uno calculó que, incluso si moría, valdría la pena el instante de cercanía con Di’s que encontraría al llevar ese incienso. Cada uno calculó que su muerte justificaba ese sacrificio.

En otra parte de la Torá, el rabino Berel Wein señala que el desafío del judaísmo no reside en morir en un sacrificio, sino en vivir una vida de sacrificio. Amar a Di’s con todo el corazón y con toda el alma implica la voluntad de vivir una vida de mayor plenitud, de responder al llamado que Di’s nos plantea. Si bien es cierto que hay casos en los que debemos estar dispuestos a sacrificar nuestras vidas por Di’s, el verdadero desafío del judaísmo radica en vivir bien.

Eso fue lo que los doscientos cincuenta pasaron por alto al calcular el riesgo de morir. Y murieron, quemados por el fuego de la misma manera que los hijos de Aarón. Sin embargo, en su cálculo erróneo, dejaron una importante lección: en las inmortales palabras de ese gran musical estadounidense, Hamilton, “Morir es fácil, jovencito; vivir es más difícil”.

Los del 250 optaron por el camino fácil. Pero nos recuerdan, al leer sobre su error año tras año, que aún tenemos la oportunidad de elegir sabiamente: elegimos vivir.

(Hidabroot)

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