Chayi Hanfling, LCSW
Hay momentos en que el cuerpo reacciona antes de que la mente tenga tiempo de explicarlo. Una persona puede estar sentada en un lugar común y corriente cuando, de repente, su corazón se acelera, su respiración cambia y una oleada de miedo la invade sin razón aparente. Puede sentir que algo anda muy mal.
El trastorno de pánico es un patrón en el que estas experiencias se repiten y comienzan a moldear la relación de la persona con su propio cuerpo. El miedo no es sólo al pánico en sí, sino a cuándo podría volver a ocurrir y qué podría significar si sucede.
Un ataque de pánico es intenso y físico. Puede incluir taquicardia, dificultad para respirar, opresión en el pecho, mareos, temblores, náuseas y sensación de irrealidad. Las personas suelen pensar que están sufriendo una emergencia médica o que están perdiendo el control.
Lo que hace que el pánico sea especialmente poderoso es el significado que la mente rápidamente atribuye a las sensaciones. El cuerpo activa una respuesta de supervivencia, pero no existe un peligro real. Esta discrepancia crea un círculo vicioso en el que el miedo intensifica los síntomas, y los síntomas intensifican el miedo.
No todas las personas con trastorno de pánico desarrollan conductas de evitación. Algunas continúan con su vida diaria a pesar de los ataques repetidos. Otras comienzan a evitar situaciones en las que temen que les dé un ataque de pánico, especialmente lugares donde les resulta difícil escapar o pedir ayuda. Cuando esta evitación se generaliza, puede derivar en agorafobia, pero esto no es un requisito para el trastorno de pánico.
El pánico se desencadena por el sistema de lucha o huida del cuerpo. En el trastorno de pánico, este sistema se vuelve hipersensible y puede activarse sin una amenaza externa. Las sensaciones en sí mismas no son dañinas, pero resultan lo suficientemente alarmantes como para reforzar la idea de que algo anda mal.
Incluso cuando alguien comprende lógicamente que está a salvo, el sistema nervioso puede reaccionar como si no lo estuviera. Por eso, tranquilizar a la gente no suele ser suficiente para detener el pánico de inmediato.
Por ejemplo, una persona podría estar haciendo la compra cuando de repente nota que su corazón late más rápido. En cuestión de segundos, empieza a sentirse mareada y piensa que podría desmayarse en público. Este pensamiento aumenta su miedo, su respiración se vuelve más superficial y las sensaciones se intensifican. Puede que salga corriendo de la tienda, no porque esté ocurriendo algo peligroso, sino porque el sistema de alarma de su cuerpo se ha activado por completo. Más adelante, puede que empiece a evitar los supermercados por completo, sin confiar en que la experiencia no se repita.
El trastorno de pánico es muy tratable. Enfoques como la terapia cognitivo-conductual ayudan a las personas a modificar las interpretaciones catastróficas de las sensaciones corporales. La terapia de exposición ayuda al cuerpo a aprender que estas sensaciones no son peligrosas. Los enfoques basados en la aceptación se centran en permitir que la experiencia pase sin luchar contra ella, lo que reduce su escalada con el tiempo.
El cambio fundamental en la recuperación no consiste en eliminar toda la ansiedad, sino en modificar su significado. En lugar de pensar “esto es peligroso”, la experiencia se convierte en “esto es intenso, pero temporal y no perjudicial”.
El pánico puede resultar abrumador, pero siempre sigue un ciclo natural de subida y bajada. El cuerpo no puede permanecer en ese estado indefinidamente. Con el tiempo, a medida que disminuye el miedo a las sensaciones, el sistema nervioso deja de activar la alarma con tanta facilidad. La vida comienza a fluir de nuevo, no porque el pánico desaparezca, sino porque ya no se interpreta como un peligro.
*Chayi Hanfling es una trabajadora social clínica licenciada con amplia experiencia y una gran vocación por ayudar a personas, familias y parejas.
















