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Pensaban que estaba muerto: El momento en que la fe tomó el control

Pensaban que estaba muerto: El momento en que la fe tomó el control

Atrapado bajo la multitud y dado por muerto, un superviviente de Merón comparte el momento en que el miedo dio paso a la fe, y la perspectiva que lo ha acompañado desde entonces.

Junto a la alegría, la música y la luz de Lag BaOmer, también está el recuerdo.

No hace mucho, esa misma noche, se desencadenó una tragedia que conmocionó a toda una nación. Para quienes la vivieron, el recuerdo permanece vívido. Para muchos otros, fue un momento que transformó nuestra forma de pensar sobre la vida, la fe y lo que realmente importa.

El rabino Menajem Mendel Moskowitz, padre de seis hijos, llegó a Merón en aquella trágica noche de Lag BaOmer.

Años después, compartió un relato sincero y profundamente conmovedor de lo que vivió durante esos momentos insoportables, incluyendo el hecho de haber estado acostado junto a Yosef David Elhaddad, de bendita memoria, y haber recitado el Shemá con él hasta su último aliento.

Atrapado entre la multitud

“Llegamos con mi esposa y mi hijo de 13 años, con la esperanza de participar en el encendido de la hoguera”, recuerda el rabino Moskowitz. Mientras avanzaban por el estrecho sendero, de repente oyeron gritos: “¡Cuidado, la gente se está cayendo!”. No había forma de retroceder ni de apartarse. En cuestión de segundos, todo cambió.

“Vi de reojo un montón de gente en el suelo”, cuenta. La multitud lo arrastró y lo arrojó de espaldas mientras más y más personas caían sobre él, aplastándolo con una fuerza insoportable. “Grité con todas mis fuerzas: ‘Si no me salvan a mí, al menos sálvenlo a él’”.

No hay salida

Al principio, intentaron liberarlo. Alguien le agarró la mano, luego la pierna, pero fue inútil. “Había gente amontonada encima de mí y no podía moverme ni un milímetro”.

El aire se llenó de gritos de auxilio. La gente gritaba y suplicaba ser salvada, pero poco a poco el ruido se desvaneció en un silencio terrible. En esos momentos, dice, quedó claro que no había una salida natural.

Un momento de fe

Yacía allí, junto a un joven llamado Yosef David Elhaddad. “Grité: ‘¿Por qué no vienen los equipos de rescate?’”. Entonces oyó una voz débil a su lado que susurraba: “Gracias”.

Aquellas palabras lo conmovieron profundamente. “¿Dónde está mi fe?”, se preguntó. “Todo lo que Hashem hace es para bien. Ningún mal viene de lo Alto. ¿Dónde estoy yo en todo esto?”.

En ese instante, algo cambió. Una calma se apoderó de él, una serena aceptación interior. Lo describe como si le dijeran: Conozco tu dolor. Conozco tu vida, tu familia, tus luchas. Soy el Creador y sé lo que hago. No te resistas. Déjame guiarte.

Decir adiós

Dejó de luchar y se rindió. “Si esto es lo que quieres, lo acepto”, pensó.

Entonces el joven que estaba a su lado volvió a hablar: “Recitemos Mizmor LeTodah”. Juntos recitaron el salmo, cuyas palabras adquirieron un nuevo y poderoso significado: “Denle gracias, bendigan su nombre, porque Hashem es bueno; su bondad es eterna”.

Instantes después, el joven le pidió que recitara el Shemá con él. “Me quedé impactado”, dice el rabino Moskowitz. “Lo recité despacio, con intención. Hashem es Uno. No hay nada más”.

Yosef David Elhaddad falleció a su lado.

Entre la vida y la muerte

Finalmente llegaron los equipos de rescate, pero para entonces el rabino Moskowitz ya no tenía fuerzas. Tras intentar reanimarlo, lo declararon muerto y lo apartaron. “Me llevaron a una habitación cercana”, recuerda.

Entonces, en lo que sólo puede describirse como un milagro, un paramédico lo reconoció. Dudó un momento, pero decidió intentarlo de nuevo. “¿Cómo voy a mirar a sus hijos a la cara si no hago nada?”, pensó el paramédico.

Le practicó la reanimación cardiopulmonar una vez más, y esta vez, recuperó el pulso.

Una nueva perspectiva

El rabino Moskowitz fue trasladado de urgencia al hospital, conectado a un respirador y posteriormente transferido a la unidad de cuidados intensivos. Sobrevivió.

Al recordar el pasado, habla de lo que aprendió. “Debemos agradecer a Hashem por las cosas más sencillas”, dice. Un lugar donde dormir, agua para beber, la capacidad de respirar. “Miles y miles de bondades nos ocurren cada día”, reflexiona.

Añade: “Si siento dolor, significa que estoy vivo”.

Un mensaje perdurable

“Es un error malgastar energía intentando comprenderlo todo”, afirma. “No lo entenderemos”.

En cambio, se centra en la gratitud. “La gratitud es rendición. Yo no tengo el control. Todo viene de Hashem”.

Cuando una persona vive con esa consciencia, dice, las dificultades ocupan el lugar que les corresponde y una sensación de calma puede empezar a instalarse en su interior.

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