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¡Hijos!

¡Hijos!

Sivan Rahav Meir

Mes de agosto. Dos palabras que lo dicen todo.

He aquí una reflexión que quizás pueda dar fuerza a millones de padres, hijos, adolescentes, abuelos y abuelas; a cualquiera que esté atrapado en un embotellamiento, buscando alguna actividad más para entretener a la familia o preguntándose cuándo empezará, por fin, el año escolar.

La realidad es que el período de aprendizaje más influyente y significativo no ocurre precisamente en el salón de clases, sino que ocurre ahora. Éste es el momento en que los niños aprenden cómo es la vida real: observan cómo hablan sus padres, cómo trabajan, cómo conducen, cómo se comportan en el parque o en el hotel, y cómo funciona todo ese gran mundo que existe fuera de la escuela.

En estos días, simplemente nos están estudiando a nosotros. Estas son experiencias de vida que quedarán grabadas en ellos para siempre. Con todos los artículos que hablan de “los mejores maestros”, no hay duda de que los educadores que más influyen en nuestra vida, el vínculo más significativo que tenemos, son nuestros padres.

Después de todo, casi cualquier relación puede romperse. Una amistad puede terminar, un matrimonio puede acabar en divorcio, un contrato puede incumplirse. Pero la relación entre padres e hijos no puede dejar de existir.

Es un vínculo tan fuerte, tan profundo y fundamental, que la porción de la Torá de esta semana, Parashat Re’eh, que leeremos este sábado, la utiliza como metáfora de la relación entre nosotros y Di’s:

“Ustedes son hijos del Eterno, vuestro Di’s.” (Debarim 14:1)

Es decir, aunque no seamos perfectos, aunque se haya producido un distanciamiento, aunque nos hayamos alejado, confundido u olvidado cuál es nuestro propósito, siempre seguimos siendo hijos de Di’s.

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