Alberto J. Rotenberg
Luego de más de cuatro décadas de editor en el ámbito de lo que solemos llamar “prensa judía” y haber presenciado naturalmente numerosos actos comunitarios, debo admitir que, en el homenaje que en el día de ayer la embajada de Israel en Argentina llevó a cabo con motivo de la barbarie del 7 de octubre de 2023, me sentí perturbado por las imágenes reproducidas, emocionado con las palabras pronunciadas y esperanzado con el mensaje final, que postulaba el amor por la vida como la motivación que impulsó a Israel para sobreponerse a la tragedia.
El canciller Gideon Sa’ar afirmó esta semana que Israel había asumido una actitud proactiva en el ámbito diplomático y en la búsqueda de comprensión de la realidad israelí, ante un mundo confundido por ignorancia y adormecido ante aquellos que los conducen mansamente a abrevar de los argumentos falaces que invoca el terrorismo para intentar justificar su odio al estado de Israel y el pueblo judío.
El esfuerzo por tejer alianzas diplomáticas y realizar actividades de esclarecimiento son dos asignaturas en las que no debemos bajar los brazos.
La actividad llevada a cabo en el Palacio Libertad de la ciudad de Buenos Aires el propio 7 de octubre, de una hora y media de duración, transitó a través de testimonios auditivos y visuales de lo ocurrido el día de la tragedia, las vivencias del reencuentro luego de la liberación, entrevistas a testigos sobrevivientes y familiares y la reconstrucción de los kibutzim y sitios arrasados por el fuego y la vandalización. La coreografía en vivo a través de la intervención de una orquesta y la presencia femenina entonando los himnos, canciones alusivas y realizando desplazamientos de baile sobre el escenario le imprimieron al acto un clima de espectáculo en un contexto dramático.
Uno de los momentos de mayor voltaje emocional sucedió con el discurso pronunciado por Natalia Casarotti, la madre de uno de los jóvenes asesinados en el festival Nova. Antes de comenzar a leerlo, improvisó una expresión de lamento por haber tenido que revivir aquellos aciagos acontecimientos con los videos que la habían precedido. Sus palabras brotaban desde el corazón. Se propuso salir adelante como el único camino posible luego del crimen de su hijo, reconociendo al mismo tiempo que no todos los familiares de los asesinados el 7 de octubre pudieron lograrlo. Pidió recordar a su hijo cada vez que apareciera el arco iris, ya que precisamente ése es el significado de “Keshet”, su nombre en hebreo. Fueron necesarios varios minutos para que se acallaran los aplausos que brotaban espontáneamente de cada uno de los presentes.
A su turno, la flamante embajadora de Israel en Argentina, Ahuva Spieler Reshef dirigió su primer discurso público en tal carácter y lo comenzó disculpándose ante los familiares y sobrevivientes por haber tenido que revivir durante el acto las desgarradoras imágenes de la tragedia. Un gesto que también mereció la inmediata aprobación del público presente. Luego destacó cómo la masacre del 7 de octubre quedará grabada por siempre en la identidad del pueblo de Israel y revivió su experiencia personal en aquellos momentos. Señaló cómo un hijo suyo que acababa de llegar a su cada luego de un largo tiempo de servicio recibió una convocatoria urgente a presentarse aquel día, y cómo ella tuvo que detener el funcionamiento del lavarropa para sacar el uniforme que había puesto a lavar, plancharlo y entregarlo a su hijo para que pudiera acudir de inmediato al llamado para servir al país y a su gente. Hizo particular hincapié en la fuerza de las palabras: “las palabras importan porque pueden cambiar la manera en que una sociedad interpreta los hechos” y la influencia de quienes tienen la responsabilidad de comunicar: cuestionó a quienes “legitiman o difunden discursos que presentan la violencia como resistencia y convierten a las víctimas en responsables”.
Llamó a no dejarse engañar, llamando al terrorismo por lo que verdaderamente es y a enfrentarlo en forma conjunta: “El terrorismo no debe ser normalizado ni justificado nunca”.
















