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No hay tiempo para pensar

No hay tiempo para pensar

Rabino Moshe Meir Weiss

La Torá nos dice que Kush tuvo muchos hijos. Luego, después de que se nos da el relato de todos sus hijos, en un versículo aparte, la Torá dice que Kush engendró a Nimrod. El Ben Ish Jai plantea la pregunta obvia: ¿Por qué la Torá no enumera a Nimrod con el resto de los hijos de Kush? El Ben Ish Jai explica que Nimrod afirmaba ser Di’s, creador del cielo y la tierra, hijo de nadie (muy parecido al faraón, que afirmaba ser un dios que no necesitaba ir al baño. Fue Hashem quien se reveló a Moshé Rabenu para desenmascarar al faraón en esta mentira cuando éste fue temprano por la mañana, supuestamente para comulgar con el dios del Nilo, pero en realidad para aliviarse en la intimidad de las aguas). Esta creencia en el derecho divino de la monarquía persistió incluso durante la Edad Media, cuando las reinas usaban vestidos hasta el suelo y se decía: “La reina no tiene pies”.

Un solo hombre bastaría para desenmascarar la absurda afirmación de Nimrod. Todo comenzó cuando un día Teraj dejó a su hijo Abram a cargo de su tienda de ídolos. Abram procedió a destrozarlos todos, excepto el más grande. Luego, colocó el martillo en la mano tallada de este ídolo, el más alto, y esperó el regreso de su padre. Teraj quedó horrorizado al ver la destrucción de su mercancía “sagrada” cuando regresó. Se volvió hacia Abram y le preguntó acusadoramente: “¿Qué hiciste?”. Abram, en respuesta, replicó: “No fui yo. Lo hizo él”, señalando al ídolo alto. Su padre gruñó en respuesta: “¡No me vengas con ésas! ¡No se pueden mover!”. Entonces, Abram preguntó: “¿Oyes lo que dices? Si ni siquiera puede moverse, ¿cómo podría protegerte? ¿Y por qué lo veneras?”.

Teraj no podía lidiar con su hijo precoz, así que lo llevó ante el maestro Nimrod para que lo hiciera entrar en razón. Al llegar al palacio, Abram le preguntó a Nimrod: “¿Eres realmente el creador de los cielos y la tierra?”. Nimrod respondió: “Por supuesto, ¿acaso no ves que todos creen en mí? ¿Cómo puedes siquiera cuestionarlo?”. Abram insistió: “¿Creaste el sol?”. Nimrod respondió afirmativamente. “Si es así”, dijo Abram, “solo quiero pedirte una pequeña prueba, y entonces me convertiré en tu mayor seguidor. Cada mañana, el sol sale por el este y se pone por el oeste. Mañana, maestro Nimrod, ordénale que salga por el oeste y se ponga por el este. Entonces creeré en ti”. Cuando Nimrod se negó, Abram preguntó: “¿Eres el creador de todos los hombres?”. Nimrod insistió de nuevo: “¡Sí!”. Abram dijo: “Si es así, dime qué estoy pensando y qué planeo hacer”. Cuando Nimrod permaneció mudo, Abram le dijo: “No me sorprende, he investigado. Tú no eres el Creador. Eres hijo de Kush. Si fueras el Creador, ¿por qué permitiste que tu padre muriera?”.

Nimrod vio que este razonamiento se estaba volviendo engorroso, así que le dijo a Abram: “Adoramos el fuego”. Abram replicó: “¿Por qué adorar el fuego si el agua lo apaga?”. “Entonces adora el agua”, dijo Nimrod. Abram argumentó: “¿Por qué adorar el agua si las nubes la contienen?”. Esta vez, Nimrod replicó: “Entonces adoremos las nubes”. Abram replicó: “¿Por qué las nubes? ¿Acaso los vientos las dispersan?”. Para entonces, Nimrod ya no aguantaba más a Abram. Le dijo que él adoraba el fuego y que, si Abram no creía lo mismo, él, el señor Nimrod, lo arrojaría al horno. “Entonces veremos qué pasa”, proclamó Nimrod. El resto es historia, por supuesto. Abram salió del kivshon ha’eish, el horno de fuego, demostrando a todos la falacia de la creencia de Nimrod.

Tras escuchar esta historia, detengámonos un momento a reflexionar. ¿Acaso no había nadie más en el mundo capaz de desenmascarar la farsa de Nimrod? ¿Acaso ningún ser humano maduro podía ver más allá de la superficialidad de sus afirmaciones? ¿Por qué Abram llegó a ser conocido como “Avraham HaIbrí”, el único hombre que se opuso a las falsas creencias de su tiempo?

La respuesta a esta pregunta nos ofrece un concepto fundamental. La gente acepta la corriente dominante sin reflexionar demasiado. Esto ha sido así a lo largo de la historia, pero resulta aún más doloroso en la actualidad, cuando la gente simplemente ha dejado de pensar. Ya sea por pasar incontables horas navegando por internet, viendo vídeos y otras tonterías, o porque sus procesos de pensamiento se han visto adormecidos por la gratificación instantánea de enviar correos electrónicos, mensajes de texto, chatear o tuitear, nadie se permite el lujo de usar su mente.

Así pues, la gente descuida la reflexión sobre la vida después de la muerte. No se preocupan por establecer prioridades adecuadas. No consideran con detenimiento si están cumpliendo con las responsabilidades que tienen con sus parejas, la gratitud que deben a sus padres y los deberes que tienen con sus hijos. Lamentablemente, muchas personas hoy en día no dedican tiempo a contemplar visiones de logros que podrían alcanzar. Simplemente permiten que sus mentes se petrifiquen y se hundan en la mediocridad.

Como dignos hijos de Abraham Abinu, que Hashem nos bendiga para evitar estas trampas y obstáculos, y que siempre usemos nuestra mente al máximo. Por ese mérito, que Hashem nos bendiga con larga vida, buena salud y todo lo maravilloso.

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