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Shabat Shalom Semanal Parashat Jaié Sará

Shabat Shalom Semanal Parashat Jaié Sará

Rab Itzjak Zweig

Jaié Sará (Génesis 23-25)

¡Buenos días! Una de las responsabilidades más importantes de un rabino es oficiar ceremonias importantes en la vida de una persona: circuncisiones, bar/bat mitzvah, bodas y funerales. Inevitablemente, a lo largo de su trayectoria rabínica, un rabino asiste a muchos funerales.

Entre las responsabilidades rabínicas de oficiar un funeral se encuentra la de pronunciar un elogio fúnebre apropiado. Por lo general, el rabino no es el único que pronuncia un discurso, ya que un familiar o amigo cercano del difunto también suele preparar algunas palabras.

Existe un conocido estudio realizado en 1973 en el que se preguntó a 2543 estadounidenses: “¿Qué es lo que más temes?”. De las muchas respuestas dadas, hablar en público ocupó el primer lugar con un 41%. Curiosamente, sólo el 18% de los encuestados mencionó la muerte como su principal temor.

Esto, por supuesto, llevó a la conclusión errónea de que la gente temía más hablar en público que morir. Basándose en esto, Jerry Seinfeld bromeó: “Esto significa que, si estás en un funeral, preferirías estar en el ataúd que pronunciar el elogio fúnebre”.

Un vistazo superficial a la encuesta revela por qué esta conclusión es simplemente un análisis deficiente de los datos. Muchos de los otros miedos mencionados (miedo a las alturas 32%, a las aguas profundas 21%, a volar 16%, a viajar en coche 8%, etc.) en realidad tienen su origen en el miedo a morir. El fallo “fatal” de la encuesta radica en su mala redacción, sin mencionar que no hay datos sobre qué segmentos de la población fueron encuestados.

Por eso, un elogio fúnebre -que combina los elementos aterradores de hablar en público y la muerte- puede ser todo un reto. Algunos lo hacen admirablemente bien; otros no tanto. Hay quienes dedican gran parte del tiempo a hablar de sí mismos y rinden homenaje al difunto destacando lo importantes que fueron para la persona fallecida.

Luego están los que creen en el dicho “no se puede escribir funeral sin ‘diversión’” y se lanzan a una rutina cómica mal concebida. Una vez oí en un funeral: “Bernice era la persona más competitiva que he conocido. Desde concursos de cocina hasta nuestro partido semanal de tenis, le encantaba ganar. Era tan competitiva que incluso me superó en lo que a muerte se refiere”. Suspiro.

(Como apunte, cada persona tiene dos fechas importantes: el día de su nacimiento y el día de su muerte. Cada año conmemoras el día de tu nacimiento —tu “cumpleaños”—, pero el día de tu muerte pasa desapercibido, sin que seas consciente de su significado final. Quizás ésta sea una de las razones por las que el Talmud dice: “Arrepiéntete cada día, pues nunca sabrás cuál es el último”.)

En la porción de la Torá de esta semana encontramos una lección notable sobre las obligaciones de pronunciar un elogio fúnebre apropiado:

“Sará murió en Kiryat Arbah, que está en Hebrón, en la tierra de Canaán. Abraham fue a elogiar a Sará y a llorar por ella” (23:2).

La lectura de la Torá de esta semana comienza con la muerte de nuestra matriarca Sará y los detalles de su entierro. La Torá relata que Abraham fue a elogiarla y a llorar por ella.

Sin embargo, la palabra “llorar” está escrita en el rollo de la Torá con una letra hebrea “כ – kaf ” más pequeña de lo habitual. Esto es muy significativo.

La Torá contiene 304.805 letras, y cada una de ellas es preciosa. Si falta una letra o si una letra toca a otra, todo el rollo queda invalidado. Cada letra es escrita meticulosamente por un escriba altamente capacitado, y cuando la tradición exige un cambio en el estilo o formato de alguna de ellas, esta variación está cargada de significado.

Respecto a la disminución de la letra kaf, nuestros sabios nos dicen que esto sugiere que Abraham contuvo su llanto (véase Bal Haturim). No es raro que un hombre llore en el funeral de su esposa, entonces, ¿por qué Abraham se esforzó tanto por disminuir su llanto?

Además, a algunos comentaristas (véase Riva, Ohr Hachaim, Klei Yakar) les preocupan otras dos partes del versículo:

  1. El comienzo del versículo nos informa que Sará murió, y, sin embargo, la Torá, que dosifica sus palabras y letras con tanto cuidado, repite su nombre al final del versículo. ¿Por qué?

Por lo general, el llanto precede al elogio fúnebre: ¿Por qué la Torá no escribió simplemente: “Abraham vino a llorar y a elogiarla”?

Aquí reside una importante lección sobre el significado de un funeral y un elogio fúnebre. Cuando alguien sufre la devastadora pérdida de un familiar, existe una tendencia natural a centrarse en el propio dolor. Por supuesto, el duelo es un elemento fundamental en el proceso continuo de sanación y recuperación tras una pérdida tan dolorosa.

Sin embargo, un funeral también es un momento para honrar la vida del difunto; no se trata simplemente de expresar el dolor personal. Como ya hemos comentado, uno de los mayores méritos que podemos rendir al alma del fallecido es aprender de su comportamiento ejemplar e imitarlo.

Cuando Abraham pronunció el elogio fúnebre de Sará, no se centró en su propia pérdida como esposo, sino más bien en los logros de ella, la pérdida para la comunidad y el vacío creado por su fallecimiento.

El nombre de Sará tiene su origen en la palabra hebrea “sar”, que significa “príncipe”. Inicialmente, su nombre era Sarai, pero Di’s se lo cambió a Sara cuando tenía noventa años. El Talmud (Berajot 13a) explica por qué el Todopoderoso cambió su nombre de Sarai a Sará: “Originalmente, era princesa sólo de su propia nación (es decir, Aram), y al final se convirtió en princesa del mundo entero”. Claramente, Sará pasó de ser una figura respetada localmente a una cuyo impacto se sintió en todo el mundo.

A mi padre le gusta citar el ejemplo del siglo XX de Jackie Kennedy (Onassis). Era una joven viuda con hijos pequeños que había sufrido una pérdida devastadora. Pero reconoció que, si bien ella había perdido a su esposo y padre de sus hijos, la nación también había perdido a un presidente querido y a un líder mundial. La pérdida no era solo suya.

Así describió la revista Life su actitud: “En medio de todo este esplendor melancólico, Jacqueline Kennedy marchó con valentía y una dignidad regia. Luego, a medianoche, regresó, sola, para depositar flores en la tumba de su esposo”. En otras palabras, primero guardó luto junto con el resto de la nación por la repentina y trágica pérdida de un líder mundial, y solo después, en soledad, expresó su dolor personal por su esposo.

Abraham elogiaba a Sará, una figura pública. Sará no era simplemente su esposa; era una persona importante por derecho propio. Su muerte dejó un vacío en el mundo. Por eso la Torá repite su nombre, porque Abraham no estaba allí para elogiar a su esposa, sino para expresar el dolor colectivo. Explicaba quién era Sara y qué significaba para el mundo. Quería que la gente comprendiera lo que habían perdido.

Esta historia encierra una importante lección. Los funerales son un momento significativo para reflexionar sobre los logros de la persona fallecida. Sin embargo, a menudo los elogios fúnebres se centran en recuerdos personales (por ejemplo, la “maravillosa” receta de galletas de la abuela). Esto provoca que los asistentes se entristezcan no por la pérdida de la persona, sino por el dolor y la pérdida de los deudos. Idealmente, los elogios fúnebres deberían ensalzar las virtudes del difunto, haciendo así que la pérdida sea relevante para todos.

Ésta es la lección que la Torá nos transmite sobre lo que Abraham intentaba lograr. Disminuyó su propio llanto porque su pérdida personal no era lo principal. Su objetivo era resaltar los logros de Sara y explicar el impacto que la muerte de una princesa del mundo tendría en la comunidad.

Porción semanal de la Torá

Jayei Sará, Génesis 23:1 – 25:18

Sara muere a los 127 años. Abraham compra un lugar de sepultura para ella en Hebrón, en la cueva de Ma’arat HaMajpelá. Abraham envía a su sirviente Eliezer de regreso a su tierra natal, Charan, para que encuentre una esposa para Isaac (Itzjak). Eliezer impone condiciones que parecen muy extrañas para que la candidata pueda casarse con Isaac. Rebeca (Rivka) cumple con las condiciones sin saberlo. Eliezer logra obtener la aprobación de la familia, aunque no les entusiasma la idea de que Rebeca abandone su tierra natal.

Abraham se casa con Cetura y tiene seis hijos más. Los envía al este (con los secretos del misticismo) antes de morir a los 175 años. Isaac e Ismael entierran a Abraham cerca de Sara en Ma’arat HaMajpelá. El pasaje termina con la lista de los doce hijos de Ismael y su muerte a los 137 años.

Encendido de las velas de Shabat
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Jerusalem 4:10
Miami 5:18 – Ciudad del Cabo 7:01 – Guatemala 5:13
Hong Kong 5:26 – Honolulu 5:34 – Johannesburgo 6:09
Los Ángeles 4:37 – Londres 4:09 – Melbourne 7:41
México 5:42 – Moscú 4:21 – Nueva York 4:28
Singapur 6:32 – Toronto 4:43

Cita de la semana

No llores porque se acabó, sonríe porque sucedió.
– Dr. Seuss

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