Becky Krinsky
Vivimos en un mundo oscuro y caótico, un mundo donde los valores morales parecen diluirse, donde la confusión y la alienación se difunden con rapidez a través de voces desinformadas que, en lugar de construir, generan dolor, duda y división. Tristemente, no es un escenario nuevo en la historia judía.
En el siglo II a. C., durante el reinado de Antíoco IV Epífanes, el Imperio Seléucida trató de borrar nuestra esencia imponiendo la cultura y religión helenística. El Templo de Jerusalem fue profanado, se prohibieron nuestras costumbres y muchos judíos, tentados por el brillo de lo ajeno, se asimilaron, renunciando a su propia herencia.
La historia se repite. Hoy la amenaza no es una espada que prohíbe la práctica abierta de la fe, sino un entorno global -las redes sociales, la cultura del consumo inmediato y los conflictos actuales, como la guerra con Hamás y los palestinos- que buscan silenciar, distorsionar o diluir la identidad judía. La batalla ya no es únicamente militar: es cultural, espiritual y emocional. Y lo más doloroso es que muchos, sobre todo jóvenes, sin claridad de sus valores, terminan asimilándose, perdiéndose en narrativas externas y luchando contra sí mismos y contra su propia identidad.
Como escribió el rabino Jonathan Sacks: “una identidad fuerte no es un muro que aísla, sino un faro que ilumina”. El desafío entonces es claro: ¿cómo sostener nuestra identidad sin aislarnos, ¿cómo afirmarnos sin perder el diálogo?, ¿cómo recordar que ser judío no es sólo heredar una tradición, sino vivirla con orgullo, propósito y responsabilidad?
El rabino Akiva Tatz recuerda que cuando dejamos de pensar con criterio propio y adoptamos lo que otros nos imponen, renunciamos al sentido mismo de ser.
¿Qué es la identidad y por qué se pierde?
La identidad no se hereda como un objeto; se construye como una melodía. Surge de lo que recibimos en casa, de las historias que nos contaron, de los gestos que repetimos sin darnos cuenta. Es la suma de recuerdos, de valores y de vínculos que nos recuerdan que pertenecemos a algo más grande que nosotros.
Cuando esa identidad está clara, nos da dirección y fuerza. Nos sostiene frente a la tormenta. Pero cuando se debilita, corremos el riesgo de perder el rumbo. Y eso no sucede de golpe. La identidad se pierde poco a poco, como quien deja de encender una lámpara cada noche hasta acostumbrarse a vivir en la penumbra.
¿Por qué pasa? Porque a veces nos gana el miedo a no pertenecer, el deseo de ser aceptados o la comodidad de no cargar con la responsabilidad de ser distintos. También porque el ruido externo se vuelve tan fuerte que apaga nuestra voz interior. Y así, sin darnos cuenta, dejamos de ser protagonistas de nuestra historia para convertirnos en espectadores de narrativas ajenas.
Recuperar la identidad es volver a encender esa luz. Es recordar que ser judío no es sólo una tradición heredada, sino una elección diaria de vivir con propósito, orgullo y dignidad.
¿Qué podemos hacer hoy?
Cuidar la identidad no significa aislarnos ni levantar muros. Significa vivir con conciencia, elegir con intención y recordar que cada pequeño acto tiene un eco en la historia.
- Reafirmar nuestras tradiciones: no como costumbre vacía, sino como lenguaje vivo que nos conecta y nos enorgullece de nuestra esencia.
- Educar y dialogar: en casa, con nuestros hijos, con nuestros jóvenes. No basta con transmitir rituales; hay que vivirlos con convicción propia y con el orgullo de saber quiénes somos y por qué estamos aquí.
- Elegir comunidad: rodearnos de espacios donde nuestra identidad se celebra; donde ser yehudí es sinónimo de ser persona de bien, de honor y de honra. Dejar de protagonizar comunidades disfuncionales y reconocer a líderes, rabinos y maestros que inspiran a ser mejores.
- Ser coherentes: que lo que creemos se refleje en lo que hacemos. La fuerza radica en ser íntegros, solidarios y capaces de protegernos, porque somos una minoría en un mundo lleno de masas que muchas veces no tienen criterio propio.
Y, sobre todo, atrevernos a encender nuestra propia luz, incluso cuando afuera reina la oscuridad, el caos y la incertidumbre.
La luz de Janucá: nuestra respuesta al caos
En un mundo oscuro, lo único que realmente se necesita es luz. Y esa luz nace de la fe, de la confianza y de la verdad. Hoy más que nunca debemos encender las velas de Janucá con la certeza de que nuestra historia ha sido, y seguirá siendo, iluminada por la fe, la bondad y, sobre todo, por la esperanza en tiempos mejores.
Que cada llama que encendamos no sea sólo un recuerdo del milagro de ayer, sino un compromiso vivo con el milagro de hoy: afirmar nuestra identidad, sostener nuestra luz y nunca dejar de brillar.
No dejes de creer en los milagros. Recuerda que una chispa de luz puede ser el inicio de un mundo iluminado y verdaderamente digno para que nosotros, nuestros hijos y los hijos de los nuestros puedan vivir y seguir recordando que la identidad se cuida, porque es la única luz que nos mantiene firmes y de pie.
Ser y estar orgullosos de lo que somos es nuestro gran tesoro. Cuídalo.
נס גדול היה שם – Nes gadol hayá sham
Un gran milagro ocurrió allí… y sigue iluminándonos hoy.
Becky Krinsky | Life-Coach, Author, & International Speaker


















