Sivan Rahav Meir
Entre las noticias y la limpieza de Pésaj, estás invitado a detenerte por un momento y contarte a ti mismo —y a quienes te rodean— una pequeña historia. Es una antigua historia de Rabí Najman de Breslav:
Había una vez dos mendigos, uno judío y el otro alemán. Se acercaba la festividad de Pésaj, y el mendigo judío le dijo a su amigo: “En la noche del Séder de Pésaj vamos a ser invitados en casas judías, y así podremos disfrutar de una buena comida”. Le explicó al alemán cómo se desarrollaría la cena, y cada uno salió a buscar una familia que los recibiera.
Los dos mendigos encontraron familias donde alojarse. Sentado en la mesa del Séder el mendigo no judío recibió un trozo de karpás -de apio- con agua salada, exactamente como su amigo le había explicado. Luego leyeron la Hagadá, y esto él también lo esperaba. Pero cuando ya estaba muy hambriento e irritado, le dieron maror (hierbas amargas). Sobre las yerbas amargas, el mendigo judío se había olvidado hablarle. El alemán estaba seguro de que esta era toda la comida, y, lleno de amargura, se fue de allí, enojado y decepcionado.
Más tarde en aquella misma noche, se encontró con su amigo judío, que regresaba satisfecho y contento, y le contó con enojo todo lo que le había pasado.
“¡Ay!”, le respondió el judío. “Si sólo hubieras esperado un poco más, después del maror habrías recibido una comida maravillosa”.
¿Cuál es el mensaje? Hay “maror”, hay cosas amargas en el mundo. Hay dificultades y desafíos. Pero Pésaj es el día en que celebramos la certeza de que el maror no es el final, sino sólo una etapa en el camino hacia la buena comida que aún está por llegar. Después de largos años de esclavitud en Egipto, todo cambió de pronto para bien: Di’s nos redimió y nos convirtió en Su pueblo.
No es el maror lo que domina el mundo, ni el mal, sino lo bueno, lo moral y lo sagrado —y al final, esto prevalecerá.
















