Crédito de la foto: ChatGPT
Acabo de leer un artículo que argumenta que la inteligencia artificial avanza tan rápido que podría dejar sin trabajo a la mitad de la población en cinco años. No sé si esa cifra es exacta. Pero la idea principal es innegable: la IA está mejorando más rápido de lo que las personas, los lugares de trabajo y los gobiernos pueden adaptarse de forma realista.
¿Qué ocurriría en un mundo donde las máquinas pudieran realizar la mayoría de los trabajos humanos?
La preocupación más evidente es económica. Si las máquinas hacen el trabajo, ¿cómo pagarán las familias comunes el alquiler, comprarán comida y vivirán con dignidad? La transición podría ser brutal. Industrias enteras podrían desaparecer rápidamente, y muchas personas se sentirán desplazadas, prescindibles y abandonadas.
Aun así, no estoy convencido de que la cuestión económica sea la más profunda a largo plazo. Si la IA realmente impulsa la productividad, también debería aumentar la abundancia. Es probable que las sociedades avancen a tientas hacia nuevas normas y redes de seguridad que prevengan la privación masiva. No será un proceso sencillo ni justo, y puede que implique años de inestabilidad, pero pertenece a la categoría de problemas que los humanos, tarde o temprano, podrán resolver.
Los problemas más difíciles son de índole espiritual y psicológica.
Primero, el significado. El trabajo nunca ha sido sólo un sueldo. Estructura el tiempo, da identidad y proporciona una sensación de utilidad. Si millones de personas despiertan en un mundo que ya no necesita su trabajo, ¿qué llenará su día? ¿Y qué les dará sentido? El entretenimiento puede absorber horas, pero no nutre el alma.
En segundo lugar, está la envidia. Aunque se satisfagan las necesidades básicas de todos, la vida no se vive únicamente en términos de comodidad absoluta. La vivimos de forma comparativa. Una sociedad puede ofrecer un nivel de vida básico elevado y aun así generar resentimiento si algunos conservan mucho más estatus, riqueza e influencia, mientras que a otros simplemente se les “cuida”. Hemos logrado avances extraordinarios en tecnología, pero no hemos avanzado de forma comparable en el manejo de la envidia.
¿Cuál es la alternativa?
La clave reside en un cambio hacia algo con valor intrínseco: desarrollar nuestra alma redirigiendo nuestro enfoque y energía hacia el aprendizaje y el desarrollo interior, especialmente el estudio de la Torá y la búsqueda más amplia del conocimiento. Las personas necesitan una salida para su energía no gastada. El aprendizaje ofrece una salida infinita. La búsqueda del conocimiento y la comprensión trae alegría, significado y propósito. Con el aprendizaje, el acto mismo es gratificante.
El aprendizaje profundo no se limita a adquirir información. Transforma nuestra percepción del mundo exterior y nuestra manera de pensar. Ilumina nuestro mundo interior y remodela nuestra personalidad.
El aprendizaje ofrece un significado que no depende de ser económicamente “necesario”. La IA puede generar, resumir y analizar. Pero no puede convertirse en ti. No puede forjar tu carácter. No puede realizar la labor más importante para la que está aquí un ser humano: crecer, perfeccionarse y buscar la verdad, incluyendo la verdad de Hashem a través de la Torá y la sabiduría inherente al mundo que Di’s creó.
Por eso, la IA, por muy poderosa que llegue a ser, no puede proporcionar lo que los seres humanos más necesitan. De hecho, cuanto más delegamos nuestro pensamiento y discernimiento en las máquinas, mayor es el riesgo de vaciar nuestro mundo interior.
Quizás el aprendizaje pueda ayudar a llenar el vacío que la IA crea en nuestras vidas. Pero ¿podrá eliminar la envidia?
No, no es posible. Pero ¿de verdad queremos eliminar los celos y vivir en un mundo completamente libre de comparaciones? Dejando de lado si tal cosa es posible, la cuestión fundamental es que ni siquiera deberíamos aspirar a ello.
Hay celos buenos y celos malos. Queremos cambiar nuestra perspectiva del mundo para que nuestros celos sean del tipo bueno y no del malo.
Los celos malintencionados se alimentan de la ignorancia y la fantasía. Ibn Ezra, al comentar el Aséret HaDibrot, señala que un campesino no codicia a la hija del rey porque sabe que no es una posibilidad realista. La envidia suele florecer cuando la mente se entretiene con comparaciones imposibles y vidas imaginarias.
El aprendizaje también nos ayuda a distinguir lo significativo de lo superfluo. Es mucho más fácil ser feliz cuando uno se da cuenta de que ya posee lo que realmente necesita. Los deseos nacidos de la ignorancia son ilimitados. Al redefinir lo que importa, se reduce el espacio donde prosperan los celos.
Los celos malintencionados se dirigen hacia cosas que carecen de valor intrínseco, como el dinero y las posesiones materiales. Siempre habrá alguien que tenga más que tú. Incluso en un mundo rebosante de abundancia, siempre habrá alguien con más. Pero estas cosas son sólo medios para un fin.
Por el contrario, los celos sanos se nutren del conocimiento de lo que es importante. Rashi, en Génesis 30:1, nos dice que Raquel sentía celos de las buenas obras de su hermana Lea. Y la Guemará, en Bava Batra 21a, afirma que los celos entre educadores aumentan la sabiduría. Estas son buenas cualidades.
La sabiduría y las buenas acciones son bienes infinitos. Que alguien posea sabiduría no te impide a ti también. De hecho, ocurre lo contrario. Cuanta más sabiduría haya en el mundo, más podremos disfrutarla todos.
El verdadero objetivo es desarrollar tu única posesión real: tu alma. Eso sí que puede dar motivos para sentir envidia. Si ves a alguien invirtiendo más tiempo y energía que tú en la búsqueda del conocimiento y en hacer el bien, eso puede motivarte a invertir más en ti mismo.
¿El conocimiento cura automáticamente los celos? Por supuesto que no. Pero puede cultivar la madurez necesaria para que la envidia sea menos dominante y nos permita estar más satisfechos con lo que tenemos.
Por muy inteligente que sea la IA y por mucha abundancia material que haya en el mundo, la gran verdad sobre la existencia humana permanece: sólo tenemos una vida y un alma. El mundo exterior puede cambiar drásticamente, pero el trabajo interior sigue siendo sólo nuestro. Afortunada es la persona que encuentra algo de valor intrínseco a lo que dedicarse.
















