Hay momentos en la vida en que el cielo y la tierra parecen tocarse.
En los pasados Yom Ha’Atzmaút y Yom Yerushalayim, viví uno de esos momentos.
Al amanecer en Efrat, Israel, me dirigí a Shirat David, la sinagoga dirigida por el extraordinario y conmovedor rabino Shlomo Katz. Las calles bullían de celebración, pero nada me había preparado para lo que me esperaba dentro de esos muros sagrados. El canto, el baile, las lágrimas, la alegría… sentí como si el tiempo se hubiera detenido. Durante unas preciosas horas, dejé de estar en una sinagoga del Israel actual. En mi corazón y en mi mente, me transporté a otra época. Imaginé que así debía sentirse estar en el Beit HaMikdash.
Al comenzar el Hallel, la sala estalló en cánticos. Las voces se alzaron al unísono en gratitud a Di’s Todopoderoso. Jóvenes y ancianos, israelíes y visitantes, religiosos y laicos, todos parecían unidos en una sola alma. Las melodías de Reb Shlomo elevaron las oraciones con una calidez y profundidad extraordinarias. Su voz no sólo se oía; se sentía. Cada niggún parecía despertar recuerdos ancestrales enterrados en lo más profundo del alma judía.
Y entonces comenzó el baile.
Círculo tras círculo se formaron mientras los judíos se abrazaban con pura alegría. Los pies golpeaban el suelo con pasión y gratitud, como si proclamaran al cielo: “Estamos en casa. Am Israel Jai”.
Sentí que las lágrimas corrían por mi rostro.
No eran lágrimas de tristeza, sino lágrimas nacidas de presenciar algo eterno. Por un breve instante, pude vislumbrar la futura redención. Imaginé cómo será cuando todo el pueblo judío se reúna en Jerusalem, unido en oración, unido en propósito, unido ante Di’s en el Templo Sagrado reconstruido. Imaginé un mundo finalmente en paz, donde la humanidad reconozca al pueblo judío no con odio ni recelo, sino como un don del Todopoderoso; un pueblo con la misión de traer moralidad, compasión, santidad y luz al mundo.
En ese momento, rodeado de cantos y santidad, Israel dejó de sentirse como un simple país. Se sintió como un destino cumplido.
Pensé en el increíble milagro del pueblo judío que regresó a esta tierra después de dos mil años de exilio. Ninguna nación en la historia de la humanidad ha experimentado un regreso semejante. Imperios surgieron y cayeron. Civilizaciones desaparecieron en las arenas del tiempo. Sin embargo, de alguna manera, el pueblo judío nunca olvidó Jerusalem. Nunca dejamos de orar mirando hacia esta ciudad. Nunca dejamos de terminar las bodas con las palabras: “Si me olvido de ti, oh Jerusalem”. Nunca dejamos de creer que algún día volveríamos a casa.
Y lo hicimos.
Pensé en las personas que dejaron vidas cómodas en todo el mundo para establecerse en Israel. Muchos no vinieron porque la vida aquí fuera más fácil. En realidad, a menudo era más difícil. Vinieron porque creían con toda su convicción que esta tierra pertenece al pueblo judío, un don de Di’s. Vinieron porque, tras siglos de peregrinación, querían contribuir a reconstruir el destino judío con sus propias manos.
Mientras bailaba, otro pensamiento cruzó por mi mente: las poderosas palabras de la Tojajá en la Torá: “Y haré que la tierra sea desolada, y permanecerá desolada incluso para tus enemigos”. El gran comentarista Rashi explica que esto no era simplemente un castigo, sino también una bendición oculta. La Tierra de Israel se negaría a entregarse por completo a naciones extranjeras durante nuestro exilio. Como una novia fiel que espera a su amado esposo, la tierra esperó pacientemente el regreso de su jatán, el pueblo judío.
Y la historia da testimonio de este milagro.
Durante siglos, los viajeros describieron la tierra como árida y desolada. El mismísimo Mark Twain escribió sobre su vacío y su incapacidad para prosperar. Sin embargo, en el momento en que el pueblo judío regresó, los desiertos florecieron. Se desecaron los pantanos. Surgieron granjas. Se plantaron bosques. El hebreo, que alguna vez estuvo casi extinto como lengua hablada, volvió a los labios de millones. La tierra reconoció a sus hijos.
La novia finalmente pudo abrazar a su jatán.
Hay algo profundamente espiritual en esa realidad.
Israel no es simplemente geografía. Es una relación viva entre un pueblo y su Creador. Es un pacto escrito en la historia misma.
Mientras el canto se intensificaba en Shirat David, sentí una gratitud inmensa. Gratitud a Di’s por permitirme estar en Israel en estos días sagrados. Gratitud por vivir en una generación que ha presenciado el cumplimiento de las profecías ante nuestros ojos. Gratitud por el privilegio de escuchar el Hallel cantado no en susurros de exilio, sino en la voz fuerte y alegre de un pueblo libre en nuestra patria ancestral.
Y gratitud hacia almas como la de Reb Shlomo Katz.
Hay muchos cantantes talentosos en el mundo, pero Reb Shlomo es mucho más que un músico. Es un guía espiritual que recuerda a los judíos su verdadera esencia. Con su calidez, humildad, historias y música, despierta corazones que quizás se hayan adormecido bajo el peso de la vida moderna. Enseña que el judaísmo no es meramente ritual u obligación; es amor, anhelo, alegría y conexión.
En un mundo tan a menudo plagado de división, cinismo y ruido, Reb Shlomo crea unidad. En su presencia, judíos de todos los orígenes danzan juntos como hermanos y hermanas. Sus oraciones nos recuerdan que nuestro pueblo posee un alma única, un alma que sobrevive a todo exilio, a toda adversidad y a todo intento de extinguirla.
El pueblo judío es único en la historia de la humanidad.
Una y otra vez, hemos sido dispersados, perseguidos y atacados. Sin embargo, de alguna manera, siempre regresamos. Reconstruimos. Cantamos. Bailamos. Traemos luz a la oscuridad. Puede que el mundo no siempre nos comprenda, pero nuestra supervivencia misma es testimonio de algo mucho más grande que la política o la historia. Es testimonio del pacto eterno entre Di’s, la Torá, el pueblo de Israel y la Tierra de Israel.
Esa mañana en Shirat David, me sentí privilegiado de tocar esa eternidad.
Así que, si alguna vez te encuentras en Israel durante Yom Ha’Atzmaút o Yom Yerushalayim, o cualquier Shabat, ve a Shirat David a rezar. Sumérgete en el canto y el baile, y si tienes suerte, quizás puedas escuchar la imponente voz del rabino Shlomo Katz dirigiendo la ceremonia. Abre tu corazón y permítete sentir el milagro de la historia judía desplegándose a tu alrededor.
Y quizás, por un instante sagrado, tú también comprendas lo que realmente significa vivir en Israel.















