728 x 90

Encontrar las rosas entre las espinas: La sagrada misión de un maestro

Encontrar las rosas entre las espinas: La sagrada misión de un maestro

Rabino Mordejai Weiss

La primera mención del monte Sinaí en la Torá no ocurre entre truenos, relámpagos y la entrega de los Diez Mandamientos. Aparece mucho antes, cuando Moisés, cuidando las ovejas de su suegro Itró, observa una visión extraña y fascinante. Una zarza está envuelta en llamas, pero no se consume. Intrigado, Moisés se detiene a investigar. Ese momento de curiosidad se convierte en el inicio de su misión profética y el primer paso hacia la redención del pueblo judío.

Rashi explica que la zarza ardiente simbolizaba el sufrimiento del pueblo judío en Egipto. La zarza ardía porque la nación ardía. Eran oprimidos, perseguidos y sometidos a la crueldad de la esclavitud. Sin embargo, Di’s eligió revelarse específicamente desde dentro de esa zarza para enseñarle a Moisés una profunda lección: aunque el pueblo judío sufría, no sufría solo. Di’s mismo estaba con ellos en su dolor.

Esta idea es uno de los temas más reconfortantes del judaísmo. El Todopoderoso no sólo está presente en los momentos de triunfo y celebración, sino también en los de angustia y desesperación. Cuando el pueblo judío sufre, la presencia divina sufre con él. Di’s no es un observador distante; comparte nuestras luchas y nos acompaña en nuestros momentos más oscuros.

Quizás esta sea la primera lección que todo profesor debe aprender.

Un maestro que desea influir en un niño debe, ante todo, demostrar que se preocupa por él. Antes de la instrucción, viene la conexión. Antes de la educación, viene la empatía.

Con demasiada frecuencia, los educadores se centran en la planificación de clases, los requisitos curriculares, los exámenes y los objetivos académicos. Si bien todos estos aspectos son importantes, a veces pueden eclipsar el componente más esencial de la enseñanza: comprender al alumno que tienen delante.

Un niño puede estar lidiando con dificultades en casa. Otro puede enfrentar desafíos sociales. Un tercero puede estar experimentando ansiedades en silencio que nadie más percibe. Los estudiantes no dejan sus emociones fuera del aula.

El maestro que realmente triunfa es aquel que comprende que la educación comienza con la compasión. Así como Di’s se reveló en el sufrimiento simbolizado por la zarza ardiente, un maestro debe estar dispuesto a adentrarse en el mundo de sus alumnos y comprender sus dificultades. Los niños pueden olvidar muchas de las lecciones que aprenden, pero rara vez olvidan a los maestros que se preocuparon sinceramente por ellos.

Una segunda interpretación de la zarza ardiente surge de un intrigante Midrash. Según esta tradición, la zarza no era simplemente un arbusto espinoso, sino un rosal.

A primera vista, el simbolismo resulta desconcertante. Sin embargo, el mensaje es sorprendentemente bello. Aunque el pueblo judío a veces parezca un arbusto lleno de espinas, entre ellas hay rosas. Sus virtudes, su bondad y su grandeza oculta los hacen merecedores de la redención.

Esta interpretación nos invita a mirar más allá del pueblo judío en su conjunto y a examinarnos a nosotros mismos como individuos. Todo ser humano contiene tanto espinas como rosas. Todos tenemos defectos, debilidades e imperfecciones. Sin embargo, también poseemos bondad, nobleza y un potencial sin explotar.

El rabino Joseph B. Soloveitchik hablaba a menudo de la existencia de un “ratzón elyón“, una voluntad superior y más noble que reside en cada judío. Debajo de los errores y las deficiencias yace un deseo sincero de obrar correctamente. El reto consiste en si podemos canalizarlo y reconocerlo.

Ésta es quizás la diferencia fundamental entre los grandes profesores y los mediocres.

Los profesores mediocres sólo ven las espinas.

Se fijan en el niño que habla demasiado, interrumpe la clase, tiene dificultades académicas o toma malas decisiones repetidamente. Su atención se centra en las deficiencias y los fracasos.

Los grandes maestros ven la rosa.

Van más allá de las apariencias y buscan el potencial oculto tras ellas. Entienden que los niños no son productos terminados, sino obras en desarrollo. Reconocen que el estudiante con dificultades de hoy puede convertirse en el líder, erudito o constructor de comunidad del mañana.

La mayoría de los adultos pueden identificar al menos a un profesor que cambió el rumbo de sus vidas. A menudo, no fue porque ese profesor poseyera una brillantez extraordinaria o técnicas pedagógicas excepcionales, sino porque creyó en ellos antes de que ellos mismos creyeran en sí mismos.

Los maestros que descubren el potencial de un niño realizan una labor extraordinaria. Le permiten a ese niño verse a sí mismo de otra manera. Ayudan a transformar la posibilidad en realidad.

La zarza ardiente nos recuerda que nuestra responsabilidad no consiste simplemente en identificar las espinas, sino en cultivar las rosas.

Una tercera interpretación considera la zarza ardiente como un símbolo de la Torá misma.

Como el fuego, la Torá brinda calidez, iluminación y guía. Ilumina nuestro camino y nos permite desenvolvernos en un mundo complejo. A lo largo de nuestra historia, la Torá ha sostenido al pueblo judío en el exilio, la persecución y la incertidumbre. Ha dado sentido a nuestras vidas y fortaleza a nuestras comunidades.

Sin embargo, hay un detalle crucial en la imagen. El arbusto arde, pero no se consume.

La Torá está destinada a iluminar, no a destruir. Está destinada a reconfortar, no a quemar.

Nadie tiene derecho a usar la Torá como arma.

Nadie tiene derecho a usar el estudio de la Torá como prueba de superioridad personal. Nadie tiene derecho a menospreciar a otra persona por sus diferentes niveles de observancia, práctica religiosa o procedencia.

El Talmud enseña: “Iftaj, en su generación, fue como Shmuel en la suya”. Iftach, cuyos orígenes distaban de ser ideales, fue, sin embargo, el líder del pueblo judío en su época. Los Sabios comprendieron que los seres humanos son incapaces de juzgarse completamente unos a otros. Sólo Di’s conoce la totalidad de las circunstancias, las luchas, las motivaciones y las oportunidades de cada persona.

Esta lección es especialmente relevante en entornos educativos.

Hay maestros que inspiran a sus alumnos a través de la Torá, y hay maestros que la utilizan para juzgar, menospreciar y condenar. Estos últimos pueden poseer conocimiento, pero han pasado por alto la esencia de lo que la Torá busca lograr.

Con demasiada frecuencia, los niños escuchan comentarios despectivos dirigidos a otros judíos, otras comunidades o personas cuyo nivel de observancia religiosa difiere del suyo. En ocasiones, los propios alumnos se convierten en blanco de humillaciones y burlas, todo bajo el pretexto de la instrucción religiosa.

Tal comportamiento no refleja la Torá. Es una distorsión de la Torá.

Cuando la Torá se convierte en un instrumento para menospreciar a los demás, deja de asemejarse al fuego de la zarza ardiente. El fuego del Sinaí iluminaba sin consumir; elevaba sin destruir.

Los maestros que humillan a un niño en nombre de la Torá no fortalecen la Torá, sino que la debilitan. Un maestro que se burla de los demás en nombre del compromiso religioso enseña arrogancia en lugar de santidad.

La docencia es una de las responsabilidades más importantes que se le confían a cualquier persona. Los maestros poseen una extraordinaria capacidad para moldear no solo el conocimiento de los niños, sino también su identidad. Cada palabra de aliento, cada muestra de paciencia, cada acto de comprensión deja una huella imborrable. Lo mismo ocurre con cada comentario hiriente, cada humillación y cada momento de insensibilidad.

El educador tiene en sus manos el poder de construir o de destruir.

Esta realidad fue plasmada maravillosamente por el educador Chaim Ginott, quien escribió:

Como docente, he llegado a la inquietante conclusión de que soy el factor decisivo en el aula. Mi actitud personal crea el ambiente. Mi estado de ánimo diario determina el clima. Como docente, poseo un poder inmenso para hacer la vida de un niño miserable o feliz. Puedo ser un instrumento de tortura o una fuente de inspiración. Puedo humillar o divertir, herir o sanar. En todas las situaciones, mi respuesta decide si una crisis se agrava o se resuelve, si un niño es humanizado o deshumanizado.

La imagen de la zarza ardiente fue la primera lección que Moisés recibió antes de asumir el liderazgo y convertirse en maestro, como sugiere su nombre, Moshe Rabeinu. No se trataba de una lección sobre poder, autoridad ni erudición, sino sobre las personas.

La zarza le enseñó que Di’s comparte el dolor de sus hijos. Le enseñó que incluso entre las espinas hay rosas dignas de redención. Le enseñó que el fuego de la Torá está destinado a iluminar e inspirar, nunca a consumir ni a destruir.

Nuestros hijos no recordarán cada lección del Jumash, cada Mishná, ni cada fecha y detalle que les enseñaron. Pero sí recordarán cómo los hicieron sentir sus maestros. Recordarán si fueron tratados con dignidad, si alguien creyó en ellos, si se reconocieron sus fortalezas y si la Torá se les presentó como fuente de calidez, belleza y compasión.

Porque cuando los maestros encarnan esos valores, hacen más que impartir lecciones: moldean vidas, nutren almas y aseguran que la llama eterna de la Torá siga ardiendo con fuerza de generación en generación.

Noticias Relacionadas