Alex Corcias
15 de diciembre de 2020
La raíz del error de Grecia
El segundo versículo de la Torá dice[1]: “Ahora la tierra estaba asombrosamente vacía (tohu vabohu), y la oscuridad (jóshej) cubría la faz del abismo (tehom), y el espíritu de Di’s se cernía sobre la faz del agua”. En ese versículo se resaltan cuatro palabras que describen el contenido de la creación antes de que ésta tomara forma. Nuestros Sabios[2] señalan que esas cuatro palabras, tohu vabohu, jóshej, tehom vienen a insinuar los cuatro imperios que en el futuro habrían de oprimir y exilar al pueblo de Israel: Babilonia, Persia-Midas, Grecia y finalmente Roma.
¿Oscuridad?
En aquella enseñanza el imperio griego es referido por nuestros sabios como jóshej, oscuridad, la pregunta es ¿por qué? Si en realidad la cultura helenista de Grecia enfocó sus esfuerzos en el desarrollo del pensamiento y la virtud, la belleza y el progreso, ¿eso es oscuridad? Un imperio que ofreció avances gigantescos para su época en áreas como la arquitectura y la ingeniería, que desarrolló el pensamiento y la comprensión de las bases filosóficas de la existencia humana, que aportó mentes como las de Sócrates, Platón y Aristóteles, que diseñó el sistema democrático e institucionalizó el deporte ¿puede considerarse como un imperio de oscuridad? La lógica indica lo contrario. Entonces, cabe preguntar, ¿por qué nuestros sabios se refieren a Grecia como el imperio de la ‘oscuridad’?
Bendición condicional
Para entender mejor esta enseñanza vamos a indagar un poco más. Nuestros sabios enseñan que Grecia desciende de Yefet, uno de los tres hijos de Nóaj. Yefet recibió la bendición de Di’s de portar la belleza en sus obras, como cita la Torá[3]: “La belleza Divina para Yefet…”. Sin embargo, aquella bendición le fue otorgada a Yefet con una clara limitación. La belleza es un gran poder, un potente recurso, una forma de expresión, pero nunca debe verse como un fin, sino como un medio. El versículo en el cual Dios bendice a Yefet con la belleza finaliza: “… y reposará en las carpas de Shem”. Quiere decir que la presencia Divina reposará en las carpas de Shem, por lo tanto, la belleza de Yefet sólo puede expresar su potencial cuando embellece el servicio Divino que representa Shem. Éste último, es otro de los hijos de Nóaj quien mantuvo la atención de la espiritualidad y de cuyo linaje desciende nada menos que el patriarca Abraham. Vemos que Grecia recibió la bendición de la belleza de Dios, pero ésta solo tiene sentido si se usa cuando para enaltecer el servicio Divino, el propósito verdadero y elevado de la creación.
Vivir sin propósito, ¿para qué?
Los griegos pusieron su atención en elementos sofisticados de la vida, solo que desvirtuaron el uso de esos elementos. Los griegos valoraron la sabiduría, el deporte, el pensamiento, la belleza y la virtud. El único problema es que los entendieron como un fin y no como lo que realmente son, un medio para lograr un propósito más elevado. Uno ejemplo muy interesante es el del deporte. Sin duda, el deporte es una actividad con muchos beneficios. Promueve el bienestar físico y mental, fomenta el trabajo en equipo y la superación personal, estimula la disciplina y la ambición, entre otros. Ahora bien, convertir esta actividad en el centro de la vida de alguien -jugadores o fanáticos- desvirtúa el sentido puro de una actividad como el deporte. La visión de una vida con propósito indica que todos los beneficios de una actividad tan enriquecedora como el deporte, son herramientas para que la persona materialice su mayor potencial de sabiduría y espiritualidad. La idea de convertir al deporte en un propósito de vida es un ejemplo de muchos otros en los cuales la cultura helenista griega perdió de vista la diferencia entre un medio y un fin.
No sólo el deporte
El judaísmo entiende la belleza y todos los recursos de la vida como un medio para servir a un propósito más elevado. La inteligencia, el dinero, la salud son recursos que una persona tiene en su vida para usarlos en aras de materializar su potencial. Lo mismo ocurre con la vida de cada uno de nosotros. Las bendiciones que uno tiene en la vida son regalos que deben usarse para un propósito mayor, cumplir la voluntad de Di’s.
Por simple lógica
El sabio Rabenu Bajie (1050 – 1120), en la introducción de su libro Jobat Halevavot, señala que por simple lógica un judío debe dedicar sus recursos al servicio Divino. Esto aplica tanto a los recursos físicos tangibles como el cuerpo y sus órganos o las posesiones materiales de uno, como a los recursos intangibles de cada persona, tales como su inteligencia, sus emociones, su sabiduría, su conciencia y su espiritualidad. Un judío es una persona que dirige y utiliza todos sus recursos para un propósito más elevado que su simple existencia.
Vemos pues, que Grecia recibió la bendición de la belleza, pero desvirtuó su uso. En lugar de usarla para enaltecer el servicio Divino, expresaron la belleza como un fin, vacío y efímero.
Llevarlo a la práctica
En mi libro “Propósito” – El eje central de una vida apasionante dedico varias páginas para profundizar en este concepto y sustentarlo según las fuentes clásicas del judaísmo. Además, en los cursos de Coaching P&P y enseñamos el Principio de Asociación, el cual nos enseña en la práctica cómo dirigir hacía el PIV (Propósito Individual de Vida) los inmensos recursos y talentos con los que uno cuenta.
[1] Bereshit 1:2.
[2] Midrash Bereshit Raba 2:4.
[3] Bereshit 9:27.
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Dedicado en memoria de nuestros queridos abuelos: Shelomó ben Rajel z»l y Mercedes bat Saada z’l.
















