Rab Naftali Espinoza
Parashat Zajor nos sitúa ante una tensión educativa y existencial muy profunda: por un lado, la Torá nos ordena recordar; por el otro, nos ordena borrar. El mandato es taxativo: “Recordarás lo que Amalek te hizo en el camino”, y culmina con la instrucción de borrar su memoria de debajo del cielo. A primera vista, estamos ante una paradoja: ¿cómo es posible mantener un recuerdo activo de algo que, simultáneamente, debemos hacer desaparecer?
Para comprender esto, debemos aplicar el rigor del entendimiento. El “borrado” al que se refiere el texto no es un simple olvido psicológico, sino una extirpación de la huella. Como bien se explica en la tradición, el borrado debe ser tan radical que no quede rastro alguno, ni siquiera asociado a lo cotidiano o a lo material, para que nada en el mundo sirva de soporte a la lógica que Amalek representa. Aquí la enseñanza es metodológica: la Torá no busca un simbolismo superficial, sino eliminar la persistencia de un fenómeno que corrompe la convivencia y la espiritualidad.
El “recuerdo” en el léxico bíblico no es una nostalgia pasiva, sino una conciencia moral en acto. Recordar es traer al presente la comprensión de una causa para que esta guíe nuestra conducta actual.
Por ejemplo: Pensemos en la diferencia entre recordar un trauma para sufrir y recordarlo para construir seguridad. El primero nos debilita (afecto pasivo); el segundo nos hace precavidos y sabios (afecto activo). En el caso de Shabat, el “recuerdo” no es sÓlo pensar que el mundo fue creado, sino formalizarlo mediante el Kidush. La palabra se vuelve acción.
Si el recuerdo no se traduce en una disciplina del carácter, se queda en mero “teatro”. La implicación de Zajor es que el mal no se combate sólo con la fuerza, sino con una pedagogía de la vigilancia.
La guerra contra Amalek no se agota en el campo de batalla físico. Históricamente, se ha señalado que los adversarios de Israel en este contexto utilizaban tácticas de manipulación y confusión. Esto nos indica que el verdadero peligro de Amalek es su capacidad para “enfriar” el entusiasmo ético y sembrar la duda allí donde debería haber claridad racional.
Es así como, cuando la Torá pide hombres “temerosos del pecado” para enfrentar esta lucha, nos está diciendo que la mejor defensa contra la degradación es la integridad del carácter. Un individuo que no posee un juicio sólido es presa fácil de afectos de miedo y obediencia ciega. Por ello, Parashat Zajor funciona como una escuela de responsabilidad, nos entrena para identificar patrones de disensión y desmoralización antes de que se conviertan en una fractura social.
Por lo tanto, a fin de cuentas, la libertad es la comprensión de la necesidad. Recordamos lo que Amalek hizo para dejar de ser ingenuos y entendemos que la paz social se destruye cuando el lenguaje se pudre y se aleja de la razón. El judaísmo toma la memoria y la convierte en una disciplina del lenguaje y la acción.
Al igual que un pulidor de lentes trabaja pacientemente para quitar las impurezas que impiden la visión clara, Zajor nos invita a pulir nuestra memoria: conservar la advertencia ética para que el mal no se repita, pero borrar radicalmente cualquier glorificación o persistencia de aquello que nos debilita como cuerpo social. Porque, como suelo decir, el conocimiento genuino es tan escaso como excepcional, y sólo mediante una memoria activa y una razón despierta podremos sostener una vida de verdadera integridad.
Kol tuv
(Yeshiva Pirjei Shoshanim, Israel)
















