Esta historia no trata de milagros sobrenaturales dramáticos. Es un recordatorio sencillo y profundamente humano de cómo la gratitud puede cambiar tu vida, e incluso tu vida espiritual.
El hombre protagonista de esta historia, un judío llamado Aharón, la compartió en The Gratitude Line, Kol Todá.
De abogado destacado a principiante en la Torá
“No nací en una familia que observara la Torá”, explica Aharón. “Mis padres eran tradicionales, pero mi conexión con el judaísmo era prácticamente nula”.
Hasta los 28 años, se dedicó por completo a estudiar derecho en la Universidad de Tel Aviv. Destacó académicamente y consiguió una prestigiosa pasantía en uno de los despachos de abogados más importantes de la ciudad. Su inteligencia, empuje y perseverancia lo impulsaron rápidamente. En poco tiempo, se convirtió en socio. El éxito profesional y la prosperidad económica le siguieron.
Entonces ocurrió algo inesperado.
“Por lo que pareció una casualidad, aunque nada lo es realmente, entré en la clase de un rabino en nuestro edificio de oficinas”.
Quedó cautivado. Siguió asistiendo. Pronto se inscribió en un seminario de judaísmo. Empezó a ponerse Tefilín. Empezó a guardar el Shabat. Poco a poco, se fortaleció en la observancia de la Torá y las Mitzvot.
Finalmente, tomó una decisión audaz. Dejó su cómodo apartamento en Tel Aviv y su exitosa carrera legal. Se matriculó en una yeshivá en un barrio del norte de Jerusalem.
“Por primera vez”, dice, “mi alma sintió: ‘Aquí. Por fin se siente bien’”.
La oscuridad de la Guemará
Pero había un área que permanecía dolorosamente cerrada para él: el aprendizaje de la Guemará.
Los rabinos lo animaron a esperar. “Se abrirá”, le aseguraron.
Pasaron los años. Nada se abrió.
No importaba cuántos compañeros de estudio cambiara, no importaba cuántas oraciones dirigiera a Hashem, cada vez que abría la Guemará, sentía una oscuridad total.
“No le entendía ni pies ni cabeza”, recuerda.
A los 30 años, se casó. Él y su esposa construyeron su casa en el barrio de Ramot, en Jerusalem. Tuvieron la bendición de un hijo y luego una hija. Por fuera, la vida era hermosa. Pero por dentro, algo lo carcomía.
Me había vuelto observante, pero algo me impedía disfrutar plenamente. ¿Qué pasaría con mi aprendizaje de la Guemará?
No había respuestas claras. Sólo una creciente frustración y una profunda sensación de desesperanza.
El punto de inflexión: agradecer a Hashem de todos modos
Unos años después de casarse, un amigo cercano le enseñó la práctica de agradecer a Hashem por todo, incluso por aquello que no funciona.
“Al principio, me costó mucho aceptarlo”, admite Aharon. “¿Cómo agradecerle a Hashem por algo que se siente como un fracaso?”
Pero su amigo insistió: “Hashem sólo hace el bien. Dale las gracias. Te dará fuerzas para seguir adelante”.
Le dio a Aharón libros y grabaciones sobre la gratitud, sobre la Emuná y la Bitajón, sobre creer que todo lo que Hashem hace es, en última instancia, para bien, incluso cuando parece oscuro.
Aun así, la lucha continuaba. Hubo momentos en que quiso abandonar el Kollel por completo. No podía comprender cómo, habiendo sido un abogado exitoso que ganaba casos importantes, ahora no entendía ni una sola página de la Guemará.
En las afueras de Jerusalem
En cierta ocasión, después del descanso de Pésaj, regresó al Kollel. Había orado intensamente para que, al menos, no se enojara por su situación.
Le asignaron un nuevo compañero de estudio. Durante dos horas lo miró fijamente, incapaz de seguir una palabra. Parecía un idioma extranjero.
Abrumado, salió del edificio y empezó a caminar rápidamente, sin rumbo. Finalmente, se encontró en las afueras del barrio, cerca de un acantilado con vistas a Jerusalem.
Era de noche. Las luces de la ciudad brillaban abajo. Una brisa fresca le rozó el rostro.
“Sabía que quería hablar con el Creador”, dice, “pero no sabía qué decirle”.
Entonces vinieron las palabras.
“Maestro del Universo, gracias.”
Se sorprendió a sí mismo.
Hashem, probablemente no esperabas esto de mí ahora mismo. No entiendo nada. No sé por qué sigo estancado. Pero sé que todo lo que haces es para mi bien. Gracias. Gracias por no entender. Gracias porque estudiar Torá no me está yendo bien. Gracias por la lucha. Gracias por el dolor.
Mientras hablaba, algo cambió en su interior. Una profunda cercanía a Hashem se extendió por él, como nunca había sentido.
Continuó:
Creador del mundo, mira cuántos brillantes eruditos de la Torá tienes en todo el país y el mundo. Pero mira a alguien como yo. He luchado durante años para entender una sola página de la Guemará. E incluso cuando no entiendo nada, te doy las gracias.
Una sonrisa se extendió lentamente por su rostro. La frustración se transformó en un inmenso alivio.
Allí, en aquel acantilado que dominaba Jerusalem, sintió que quizá, después de todo, merecería algo.
Una recepción personal de la Torá
Al día siguiente, justo antes de Lag BaOmer, tomó una decisión: de ahora en adelante, agradecería a Hashem por todo lo que lograra comprender, por pequeño que fuera.
Para su sorpresa, algo comenzó a abrirse.
“Por primera vez en mi vida”, dice, “sentí que, a través del poder de la gratitud, verdaderamente había merecido recibir la Torá”.
Empezó a comprender. Poco a poco. Poco a poco. Y por cada revelación, agradecía a Hashem con todo su corazón.
Hoy está terminando la publicación de un folleto sobre las Sugyot que están aprendiendo en el Tratado de Shabat.
“Para mí”, dice, “ésta es verdaderamente mi recepción personal de la Torá”.
El poder de la gratitud en la vida judía
La historia de Aharón no se trata de milagros instantáneos. Se trata de un cambio de perspectiva. Se trata de elegir la gratitud incluso antes de ver resultados.
En el judaísmo, agradecer a Hashem no es sólo una respuesta a las bendiciones visibles. Es un camino hacia la cercanía, la Emuná y la transformación interior.
A veces, el mayor avance no comienza cuando la vida cambia. Comienza cuando decimos gracias incluso antes de que cambie.
















