Para los niños, es sin duda uno de los momentos más especiales del Séder: esconder el afikomán. Algunos lo llaman robar el afikomán; otros opinan que es inapropiado. Pero sea como sea, a los niños les encanta este pequeño juego nocturno de las escondidas durante el Séder.
Hace unos años, al comienzo del primer Séder, nuestros gemelos de cuatro años y medio escondieron el afikomán junto con sus hermanos mayores. Pero los gemelos ya estaban dormidos mucho antes de que llegara la hora de comer el afikomán. Así que, al día siguiente, durante la seudá, hicimos un afikomán de broma, dándoles la oportunidad de esconder un trozo de matzá.
Hacia el final de la seudá, Gavriel, uno de los gemelos, me dijo que tenía que buscar el afikomán. Cuando le pregunté dónde estaba, me respondió que tenía que buscarlo, pero no me lo dijo. Le pregunté cómo iba a buscarlo si no me decía dónde estaba. Pensó un segundo y luego respondió que estaba escondido dentro de una cama plegable en el piso de arriba. Sus hermanos mayores no se alegraron cuando bajé dos minutos después con el codiciado afikomán en la mano.
Esa noche, los gemelos se quedaron despiertos durante todo el segundo Séder. (De hecho, a la 1:30 de la madrugada, después de que terminamos, todavía no se iban a dormir…). Esta vez, después de que escondieron el afikomán, los hermanos mayores de Gavriel le advirtieron que no tenía permitido revelarme el escondite, ni siquiera si yo se lo pedía.
Estaba cansado y quería seguir adelante, pero mi esposa me miró con esos ojos que me indicaban que iba a ir a buscarlo.
Esta vez, Gavriel no caería en mis artimañas para convencerlo de que me dijera dónde estaba escondido el afikomán. Así que entré en una de las habitaciones, sonreí y anuncié que lo había encontrado. Gavriel puso cara de confusión e inmediatamente corrió a su cama para revisar debajo de la almohada dónde estaba escondido el afikomán. Lo seguí a cierta distancia. Un momento después, para disgusto de mis hijos, volví a aparecer con el afikomán.
La idea de que nuestros hijos escondan el afikomán y nosotros, sus padres, lo busquemos, encierra un hermoso simbolismo sobre una de nuestras tareas más importantes como padres. Cada niño posee cualidades únicas que lo hacen especial. Como dijo un educador: “Todos los niños tienen dones. Algunos los descubren más tarde que otros”. Con frecuencia, esas cualidades y talentos permanecen latentes y necesitan ser reconocidos. Nuestra tarea como padres es buscar el afikomán oculto en nuestros hijos y revelarlo, especialmente a ellos.
Lo cierto es que esta idea no se limita a nuestros hijos. También tenemos la responsabilidad de buscar y revelar nuestra propia grandeza y de reconocer nuestra valiosa contribución.
Lag Ba’omer celebra la revelación de la luz interior oculta. Los días de Sefirá lamentan que los estudiantes del rabino Akiva no se trataran con el debido respeto. No supieron reconocer ni respetar las opiniones y contribuciones de sus compañeros. Pero el rabino Shimón bar Yojai fue capaz de enaltecer incluso a las personas más comunes.
Los fuegos de Lag Ba’omer, que iluminan la noche oscura, simbolizan la luz de Rav Shimón, que iluminó los lugares más oscuros e inspiró las almas de las personas más distantes y desamparadas.
En cierto modo, Rav Shimón bar Yojai reveló la bondad interior de cada persona con la que se encontró, con amor genuino. Aún más admirable fue el hecho de que no necesitó recurrir a trucos psicológicos para lograrlo. No es de extrañar, entonces, que nunca hayamos dejado de elogiarlo, pues nos enseñó a buscar y reconocer siempre la grandeza interior, digna de alabanza, que reside en cada uno de nosotros.
















