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“Este hombre, Moisés, era sumamente humilde, más que cualquier otra persona en la tierra” (Números 12:3).
El Shlah comenta: “¡Qué grande es el atributo de la humildad!”. Moshe Rabbeinu fue superior entre la creación, maestro de los profetas. Sin embargo, sólo se le elogia por su humildad. ¿Por qué?
Se le exige al hombre que sea sumamente humilde, como dice (Avot 4:4): “Sed sumamente humildes de espíritu”. Hubo tres grandes personas humildes en el mundo: Avraham Avinu dijo (Bereishit 18:27): “Soy polvo y ceniza”; Dovid HaMélej dijo (Tehillim 22:7): “No soy más que un gusano”. Moshe y Aharon dijeron (Shemot 16:8): “¿Qué importancia tenemos?”, es decir, él no era nada, ni siquiera un gusano o polvo.
El Talmud ( esajim 68b) relata que, en Shavuot, Rav Yosef afirmó que tenía una obligación especial de regocijarse en ese día, porque “Si no fuera por este día en que se entregó la Torá, ¿cuántos Yosefs habría en el mercado?”.
El Gaón Rabí Elyashiv pregunta: Rabí Yosef era conocido por su especial humildad, ¿cómo pudo entonces glorificarse a sí mismo con su conocimiento de la Torá?
El rabino Elyashiv cita el Talmud en Bava Metzia (85b), que dice que el Beit HaMikdash fue destruido porque el pueblo judío abandonó la Torá. El Ran señala que no debe interpretarse literalmente, sino que no recitaban la bendición antes de estudiar la Torá, la cual comienza con las palabras “asher bajar banu – Quien nos escogió de entre todos los pueblos y nos dio Su Torá”. La Torá no era importante para ellos. Quien no se regocija en su aprendizaje no recitará la bendición correspondiente.
Como el rabino Yosef estudiaba la Torá, sentía la obligación de expresar públicamente su alegría por ella, para demostrar a todos la gran reverencia y estima que le profesaba. Quería proclamar que no era de los que no recitaban las bendiciones de la Torá. A pesar de su gran humildad, sentía que era imprescindible dar a conocer su inmensa felicidad de esta manera.
El Abarbanel y el Maharsha preguntan por qué el Minjat HaOmer es una ofrenda de cebada, que se considera grano para el ganado, en lugar de usar trigo como se usa en el Korbán Minjá.
Se explica que antes de recibir la Torá, éramos como animales, por lo que ofrecíamos cebada como ofrenda. Después de purificarnos para recibir la Torá y aceptarla en el Monte Sinaí, alcanzamos la condición de hombre, e incluso más, nos convertimos en hijos de Israel. Entonces pudimos ofrecer trigo, alimento para la humanidad.
Esto nos muestra la diferencia entre una persona que conoce la Torá y otra que no. Existe una jerarquía en el mundo, y cada nivel sirve al superior. Así, lo inanimado (minerales, agua, gases) beneficia a la vegetación, que a su vez beneficia a los animales. El ser humano, en su nivel más elevado, integra todos estos niveles, y cuando la Torá forma parte de su vida, tiene la capacidad de elevarse incluso más allá de los seres superiores. Por otro lado, cuando alguien no cumple con el requisito de actuar como un ser humano y la Torá no forma parte de su vida, puede caer incluso más bajo que un animal.
En esencia, eso era lo que decía el rabino Yosef. La única manera en que pudo elevarse por encima del nivel animal fue a través de su aprendizaje.
El gran Gaón Rav Shlomo Elyashiv (1841-1926), conocido como el Baal HaLeshem, fue considerado uno de los más grandes maestros de la Torá de su generación. Su grandeza en el estudio de la Torá era comparable a su excepcional humildad. Incluso después de ser universalmente reconocido por haber alcanzado la supremacía en todas las áreas, incluyendo la Cábala, así se presentó en el prólogo de su libro: “Entre mis muchos pecados, no conozco la Torá, no conozco la Mishná, ni la Guemará. Carezco de sabiduría y tengo poca lógica. Soy como un gusano, pequeño e insignificante”.
Un sastre muy hábil y talentoso se había ganado una reputación envidiable. Todos los aristócratas y nobles de la zona lo contrataban para que les confeccionara la ropa, por lo que recibía una generosa remuneración. De esta manera, el sastre se ganaba la vida con gran comodidad.
Un día, el barón mandó llamar al sastre para que le confeccionara una majestuosa capa.
—No hay problema —prometió el sastre—. Creararé algo hermoso de lo que puedas sentirte orgulloso, una prenda como nunca se ha visto.
El barón le entregó al sastre una costosa tela de seda, y el sastre regresó confiado a su taller para confeccionar la prenda.
Unos días después, el sastre llegó a la mansión del barón con la hermosa capa que había preparado. El barón se la probó para asegurarse de que le quedara perfecta. Sin embargo, cuando su esposa la vio, comenzó a gritar: “¡Esto no sirve para nada! ¡Es horrible! ¡No puedes ponértelo!”.
Enfurecido, el barón se quitó rápidamente la capa y echó al sastre de la mansión junto con la prenda.
La noticia corrió como la pólvora, y la gente se enteró de que el sastre había caído en desgracia ante el barón porque la prenda no cumplía con sus estándares. Poco a poco, la clientela del sastre fue disminuyendo, y pronto apenas tenía trabajo y apenas podía ganarse la vida.
Buscando la sabiduría de un tzadik, el sastre viajó a ver al rabino Simcha Bunim de Psisja y le contó lo sucedido.
El rabino Simcha Bunim le dijo al sastre: “Cuando regreses a tu casa, toma la capa que preparaste para el barón y deshazla por completo. Una vez que hayas separado todas las piezas, cóselas de nuevo como lo hiciste antes. No cambies nada”.
El sastre no pudo comprender el consejo del rabino Simcha Bunim, pero hizo lo que se le había indicado.
Luego, le devolvió la capa al barón y le informó que la había reparado. Cuando el barón se la probó esta vez, quedó encantado. Admiró el diseño y se maravilló de la precisión de la confección. Estaba tan satisfecho que incluso le dio al sastre una propina por su trabajo.
El sastre regresó entonces con el rabino Simcha Bunim. —¿Cuál era la diferencia entre las dos prendas? —preguntó, completamente desconcertado. —No había ninguna diferencia perceptible. Estaba confeccionada exactamente igual que la primera vez, sin imperfecciones.
El rabino Simjá Bunim explicó: “Cuando cosiste la capa por primera vez, fuiste muy arrogante, creyendo que no había nadie en la tierra tan hábil como tú para crear una capa tan hermosa. Por consiguiente, la prenda fue detestada no solo por Dios, sino también por los hombres. Ahora que tu arrogancia se ha desvanecido, cosiste la capa con humildad y halló gracia ante los ojos de los hombres, como dice (Proverbios 3:34): “Quien se acerca a los humildes, halla gracia””.
















