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Parashat Jukat: Por qué los milagros por sí solos no cambian a las personas

Parashat Jukat: Por qué los milagros por sí solos no cambian a las personas

Rabino Yeshaya Wind

Muchas personas creen que, si se les mostrara una prueba irrefutable de la existencia de Hashem, todo cambiaría al instante. Imaginan que un milagro impactante, una revelación sobrenatural o una experiencia espiritual abrumadora transformarían sus vidas para siempre.

Pero la Torá enseña una lección muy diferente. Una y otra vez, vemos que el crecimiento espiritual duradero no se construye sobre momentos dramáticos, sino a través de la constancia silenciosa, el esfuerzo diario y un compromiso inquebrantable.

“Si me lo demuestras, cambiaré mi vida”

Imaginemos a un joven sentado cerca del frente durante una clase de Torá. Su apariencia lo distingue de inmediato. Tiene el cabello largo y despeinado, un pendiente cuelga de una oreja y escucha atentamente mientras el orador expone con pasión la verdad de la Torá. Al finalizar la clase, el joven pide permiso para hablar.

“Si me demuestran que existe un Creador del mundo”, anuncia, “aceptaré la Torá y las mitzvot ahora mismo”.

El profesor sonríe. Ya lo ha oído muchas veces. La gente suele creer que, si se les diera una prueba definitiva, cambiarían de parecer al instante y para siempre. Sin embargo, la experiencia demuestra que la realidad rara vez es tan simple.

A muchos lectores les resultará difícil aceptarlo. Al fin y al cabo, ¿cómo podría alguien presenciar una evidencia tan clara y permanecer inmutable? En el fondo, muchos pensamos igual. Imaginamos que, si hoy presenciáramos un milagro manifiesto, nuestro estudio de la Torá sería más profundo, nuestras oraciones más sinceras y nuestro temor reverencial a Di’s (yirat shamayim) alcanzaría un nivel completamente diferente. Sin duda, si viéramos la mano de Dios revelada ante nuestros ojos, jamás podríamos permanecer iguales.

Pero esa suposición es errónea.

La mayor manifestación en el Monte Carmelo

Uno de los momentos más trascendentales de la historia judía tuvo lugar en el Monte Carmelo. El pueblo judío, influenciado por los profetas de Baal, se había inclinado hacia la idolatría. Frente a ellos se alzó Elías el Profeta, decidido a demostrar de una vez por todas quién gobierna verdaderamente el mundo.

Propuso un desafío público. Los profetas de Baal invocarían a su deidad, mientras que Elías invocaría a Hashem. El dios que respondiera con fuego se revelaría como el verdadero Di’s.

Los profetas de Baal clamaron, suplicaron e imploraron durante horas, pero nada sucedió. Entonces Elías se adelantó y oró a Hashem. Inmediatamente, fuego descendió del cielo y consumió la ofrenda, la leña, las piedras, el polvo e incluso el agua que rodeaba el altar.

La gente presenció un milagro innegable. Abrumados, cayeron de rodillas y exclamaron: “¡Hashem, Él es Di’s! ¡Hashem, Él es Di’s!”. En ese momento, parecía imposible que alguien pudiera volver a dudar.

¿Qué sucedió después?

Cabría esperar que semejante milagro transformara la nación para siempre. Sin duda, la idolatría desaparecería y el pueblo se convertiría en devoto siervo de Hashem. Sin embargo, el siguiente capítulo cuenta una historia muy distinta.

La reina Izevel amenaza con matar a Elías, obligándolo a huir al desierto. En lugar de celebrar una completa revolución espiritual, Elías se encuentra solo y desconsolado, clamando a Hashem: “Ya basta, Hashem. Llévate mi alma”.

La pregunta obvia es: ¿qué pasó con todas las personas que estaban en el Monte Carmelo y proclamaban: “Hashem, Él es Di’s”? ¿Dónde están ahora? ¿Por qué no están junto a Elías?

La respuesta revela una profunda verdad sobre la naturaleza humana.

Hashem no estuvo en el terremoto

Cuando Elías llega al monte Horeb, Hashem le revela una poderosa lección.

Un viento impetuoso desgarra montañas y destroza rocas, pero Hashem no está en el viento. Le sigue un terremoto, pero Hashem no está en el terremoto. Luego viene el fuego, y Hashem sigue sin estar en el fuego. Finalmente, Elías oye una voz suave y apacible.

Es a través de esa voz tranquila que recibe el mensaje que necesita escuchar.

La lección es clara. Los momentos dramáticos pueden inspirarnos, pero por sí solos no generan un cambio duradero. El crecimiento espiritual no se construye a través de emociones intensas ni experiencias puntuales, sino mediante el trabajo constante y silencioso de servir a Hashem día tras día.

Una vez escuché una hermosa explicación de este pasaje. Una explosión emocional puntual, por intensa que sea, no puede establecer un compromiso duradero con la Torá y las mitzvot. La verdadera aceptación de la voluntad de Hashem se construye a través de la “voz suave y apacible”, mediante la acción diaria constante, lejos de la emoción de los acontecimientos dramáticos y las emociones intensas.

La generación que vio milagros

Esta lección aparece a lo largo de toda la Torá. La generación que salió de Egipto presenció las Diez Plagas, la división del Mar Rojo, la entrega de la Torá en el Monte Sinaí, el maná del cielo, el pozo de Miriam y las nubes de gloria.

Sin embargo, a pesar de vivir rodeados de constantes milagros, seguían teniendo dificultades. Se quejaban, dudaban y pecaban. En la porción de la Torá de esta semana, el pueblo se queja de la falta de agua. Poco después, incluso se cansan del maná, diciendo: “Nuestra alma aborrece este pan tan ligero”.

El mismo patrón se repite a lo largo de los años en el desierto y en la Parashá Kóraj de la semana pasada. Una y otra vez, a pesar de presenciar milagros con sus propios ojos, el pueblo seguía enfrentando pruebas y desafíos. El yétzer hará no desapareció simplemente porque hubieran presenciado lo sobrenatural.

Si los milagros por sí solos pudieran transformar a una persona, la generación del desierto habría alcanzado la perfección espiritual. En cambio, la Torá nos enseña que ni siquiera las revelaciones más extraordinarias pueden reemplazar el esfuerzo y el crecimiento personal.

El poder del compromiso diario

El suceso del Monte Carmelo no transformó permanentemente a la gente, al igual que no lo hicieron los truenos y relámpagos del Monte Sinaí. Los milagros y prodigios pueden inspirar, fortalecer y despertar el corazón, pero no son una solución mágica.

No hay sustituto para el esfuerzo diario y perseverante. No hay sustituto para el estudio constante de la Torá, la oración regular, el perfeccionamiento del carácter y la elección reiterada de servir a Hashem en los momentos cotidianos de la vida.

Muchas personas pasan la vida buscando la próxima experiencia inspiradora, el próximo momento emotivo o la próxima experiencia espiritual intensa. Pero la verdadera grandeza se construye de otra manera.

No a través de terremotos.

No a través del fuego.

No sólo a través de momentos dramáticos.

Más bien, a través de las decisiones sencillas que tomamos cada día. Unos minutos de estudio de la Torá. Una oración sincera. Un acto de bondad. Una pequeña victoria sobre el yétzer hará. Estas son las acciones que generan un cambio duradero.

Como aprendió Elías en la montaña, y como la historia judía demuestra repetidamente, Hashem no se encuentra en el terremoto.

Se le encuentra en la voz suave y apacible.

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