Rabino Jack Abramowitz
Tras haber hablado de crear un fondo personal para fines de caridad (jésed), uno podría preguntarse: “¿Por qué debería ser yo el único en hacerlo?” (¡Ésta es sólo una de las muchas armas del arsenal del yétzer hará!). Uno podría justificarse diciendo que otros tienen más dinero para tal empresa, o que está ahorrando para dejárselo a sus hijos, así que bien podría abstenerse de crear dicho fondo. El Jafetz Jaim responde a esto con una parábola:
Supongamos que dos agentes inmobiliarios de renombre le ofrecen la oportunidad de comprar una propiedad de primera categoría. Su valor está garantizado y no existe la posibilidad de que pierda dinero. Además, un experto independiente con credenciales impecables corrobora esta valoración. Usted se apresuraría a comprarla, aunque fuera muy cara. Ni por un segundo pensaría: “¿Sabe quién debería comprar esta propiedad? ¡El Sr. Jones es mucho más rico que yo, así que es más apropiado que lo haga él!”. No, estaría encantado de que se le presentara semejante oportunidad y anticiparía con entusiasmo el estatus social más elevado que le brindaría.
Aquí ocurre lo mismo. Dos agentes respetados -Abraham y Salomón- dieron testimonio del valor de esta “propiedad”. Como sabemos, Abraham fue el paradigma de la bondad (jésed), quien dio el ejemplo al establecer un huerto (o una posada) donde alimentaba a los viajeros. Salomón enseñó en Proverbios (21:21) que quien busca oportunidades para dar caridad (tzedaká) y realizar actos de bondad (jésed) encontrará la salvación.
También tenemos al “experto”, que corrobora la declaración de los agentes. En Bereshit 18:17-19, Di’s dice: “¿Acaso le ocultaré a Abraham lo que estoy a punto de hacer, sabiendo que será una gran nación y que todas las naciones del mundo se bendecirán por medio de él? Lo he escogido para que instruya a sus hijos y a su casa en el camino de Di’s, actuando con rectitud (tzedaká) y justicia, para que Di’s cumpla con Abraham lo que le prometió”. La Guemará (Yevamot 79a) deriva el tema de jésed de esto, ya que jésed y tzedaká son lo mismo, es decir, beneficiar a los demás.
Además, sabemos que la “compra” es una gran inversión que será heredada por nuestros descendientes. En este sentido, Salmos 103:17 enseña: “La bondad de Hashem es eterna para quienes le temen”. Esto se refiere a quienes interiorizan la virtud de la bondad, según el Talmud de Jerusalem (Peah 1:1). Esto es, de hecho, mucho mejor que la transacción inmobiliaria de nuestra parábola. Después de todo, un terreno puede cambiar de manos numerosas veces durante la vida de una persona, y ciertamente después de su muerte. Sin embargo, la “compra” de tzedaká y bondad permanece con la persona y sus descendientes para siempre.
El tratado menor de Kallah (primer capítulo) dice que el rabino Tarfon era particularmente rico, pero no daba caridad en proporción a su poder. El rabino Akiva se ofreció a comprar algunas ciudades en su nombre, así que el rabino Tarfon le dio cuatro mil monedas de oro para que las gastara. El rabino Akiva distribuyó esas monedas de oro entre los necesitados. Finalmente, el rabino Tarfon le preguntó al rabino Akiva sobre el estado de su inversión. El rabino Akiva sacó un libro de Salmos y le mostró el versículo: “Si una persona da caridad al necesitado, su mérito permanece para siempre” (112:9). El rabino Tarfon le agradeció profundamente y le dio la misma cantidad para que la distribuyera. (El Jafetz Jaim continúa explicando por qué el rabino Akiva se refirió a la “compra de ciudades”, aparentemente confundiendo al rabino Tarfon, pero no entraremos en detalles aquí).
Esto aborda la excusa de que nadie más lo hace, pero ¿qué hay de la preocupación de que uno deba acumular su riqueza para dejársela a sus hijos? Bueno, eso también es un error.
Por supuesto que debemos dejarles dinero a nuestros hijos, pero uno no debería perjudicarse a sí mismo para lograrlo. ¿Se imaginan a alguien ante la disyuntiva de cuarenta años de trabajos forzados o una multa de 100.000 dólares diciendo: “Prefiero los trabajos forzados; tengo que ahorrar el dinero para mis hijos”? ¡Claro que no! Y si la multa fuera de sólo mil o dos mil dólares, ¡estaría encantado de librarse de ella! Nadie elegiría la cárcel para aumentar la herencia de sus hijos en unos pocos dólares.
Bueno, sabemos lo que nos espera. Una es la posibilidad de cumplir una condena -por corta o larga que sea- en el Gehena. (¡No hace falta explicar lo indeseable que es cumplir incluso una condena corta allí!). Pero tenemos la oportunidad de protegernos de una condena tan dura. Si aún no lo han adivinado, se trata de dar tzedaká y realizar actos de jésed. En Salmos (41:2) dice: “Dichoso el que se compadece del necesitado en el día del mal” (es decir, el día de su juicio). Si alguien no elegiría trabajar en una cuadrilla de presos para maximizar la herencia de sus hijos, ¿por qué optaría por una condena aún peor?
Si Di’s ha bendecido a una persona con gran riqueza, pero siente que no tiene tiempo para dedicarse a actos de jésed, entonces debería tratarlos como sus asuntos comerciales y delegar en alguien para que se encargue de ellos. Porque, de nuevo, ¿por qué deberían la tzedaká y el jésed, que permanecen con una persona para siempre, recibir menos importancia que sus negocios, que son temporales y efímeros? (¡Y seguramente habrá voluntarios dispuestos a actuar como su representante simplemente para participar en la mitzvá del jésed!).
Lo anterior no se aplica sólo a los ricos; todos deberían apartar algo de dinero según sus posibilidades para obras de caridad, como ya hemos comentado. ¡El precepto de prestar dinero es el mismo independientemente de la cantidad!
El Jafetz Jaim concluye este capítulo citando el Tanna d’Bei Eliyahu Rabbah (capítulo 23): “Cuando los judíos estaban en Egipto, se reunieron… y forjaron un pacto de unidad para mostrarse bondad unos con otros”. El significado de “un pacto de unidad” es que todos estaban incluidos, desde el más rico hasta el más pobre, y cada uno practicaba la bondad al máximo de sus posibilidades. Y esto, según se nos dice, fue uno de los catalizadores que impulsaron la redención.
















