Foto: El Arco Gateway en San Luis (123rf.com)
En septiembre de 2014, mi esposa y yo tuvimos el placer de acompañar a mi hermano mayor y a mi cuñada, el rabino Yitzie y Racheli Staum, en Chesterfield, Missouri, en la ceremonia de bar mitzvá de su hijo, nuestro sobrino, Avrohom Yosef.
El viernes por la noche, el tío de Avrohom Yosef, Amitai (Bin-Nun), relató que ocho años antes había llevado a Avrohom Yosef y a algunos de sus hermanos a su primera visita al famoso Gateway Arch en San Luis, a orillas del río Misisipi.
El Gateway Arch es un monumento emblemático y una maravilla arquitectónica que se eleva 192 metros sobre el nivel del mar. Es un homenaje al papel que desempeñó la ciudad en la expansión hacia el oeste de Estados Unidos y a la expedición de Lewis y Clark, que finalizó allí a principios del siglo XIX.
Subir a la cima en un tranvía estrecho no es una experiencia apta para claustrofóbicos. Pero desde arriba, se disfruta de una magnífica vista panorámica de 48 kilómetros en todas direcciones, que incluye toda la ciudad de San Luis por un lado y el estado de Illinois por el otro.
Al llegar a la cima del arco, Avrohom Yosef se quedó mirando fijamente durante unos minutos. Estaba absorto en sus pensamientos y, evidentemente, buscaba algo que no encontraba. Finalmente, tras unos cinco minutos, alzó la vista hacia su tío con una expresión de revelación. “Tío Amitai, ¡acabo de darme cuenta de que no puedo ver el Arco Gateway porque estoy en la cima!”. Hasta ese momento, no había podido comprender por qué, si desde allí podía ver toda la ciudad, no podía ver el monumento más famoso.
Cada año, al acercarse Rosh Hashaná, muchos se desesperan pensando que será otro año de crecimiento fallido. “Soy exactamente igual que el año pasado y el anterior, y nunca podré cambiar”. Pero, en realidad, esa actitud rara vez es cierta.
El Talmud (Kidushin 33a) relata que Rav Yojanan se ponía respetuosamente de pie ante cualquier persona mayor, incluso un anciano gentil. Explicaba que, por el mero hecho de haber vivido muchos años, alguien merece respeto. El simple hecho de vivir transforma a una persona. Las experiencias y los acontecimientos de la vida exigen madurez y la necesidad de crecer. Si a esto se le suma una persona consciente de sus defectos y que se fija metas para mejorar y crecer, es imposible que tal persona no haya crecido y madurado espiritualmente con el paso del tiempo.
Siempre es difícil evaluar nuestro propio crecimiento. Nuestra inclinación al mal minimiza nuestros logros y resalta nuestras deficiencias, haciéndonos sentir terriblemente inadecuados y fracasados. La verdad es que uno no puede ver el arco que ha construido cuando está en la cima.
No cabe duda de que aún nos queda mucho camino por recorrer y que podemos lograr mucho más. Vivir de verdad implica crecer y mejorar. Pero para tener el valor y la fortaleza necesarios para continuar ese ascenso, es fundamental que demos un paso atrás para darnos cuenta y apreciar todo lo que hemos construido y crecido hasta ahora.
















