(Cortesía)
Una carta que conseguí recientemente me impactó profundamente, dada la situación actual de los judíos en la diáspora y en el mundo. Esta extraordinaria carta de 1939 revela el apasionado llamamiento de Albert Einstein a la solidaridad judía, en un momento en que los judíos europeos se enfrentaban a una búsqueda cada vez más desesperada de seguridad.
El 10 de junio de 1939, menos de tres meses antes de que la Alemania nazi invadiera Polonia y sumiera a Europa en la Segunda Guerra Mundial, Albert Einstein, sentado en su casa de Princeton, Nueva Jersey, escribió una carta profundamente conmovedora a Irving Lubetkin, un activista judío que ayudaba a los refugiados que huían de la persecución nazi. Escrita a máquina en papel con membrete personal de Einstein y firmada simplemente como “A. Einstein”, la carta ofrece una visión extraordinaria de la preocupación que ocupaba a uno de los judíos más famosos del mundo durante un período en que el destino de los judíos europeos se volvía cada vez más precario, al tiempo que proporciona una poderosa expresión del principio que Einstein creía que había ayudado al pueblo judío a soportar siglos de persecución: la obligación de los judíos de permanecer unidos y ayudarse mutuamente en tiempos de crisis.
Einstein escribió a Lubetkin en reconocimiento a su labor humanitaria “en favor de los refugiados durante la Semana de la Dedicación”, elogiando sus esfuerzos en un momento en que los refugiados judíos que huían de la Alemania nazi y los territorios bajo su influencia buscaban desesperadamente países dispuestos a acogerlos. Si bien en junio de 1939 aún no se conocían todas las dimensiones de la catástrofe que aguardaba a la comunidad judía europea, el peligro ya era innegable, y Einstein comprendió que la comunidad judía se enfrentaba a una profunda prueba de su voluntad y capacidad para ayudar a sus hermanos perseguidos.
“La capacidad de resistencia que ha permitido al pueblo judío sobrevivir durante miles de años se ha basado en gran medida en tradiciones de ayuda mutua”, escribió Einstein, situando la crisis de los refugiados en el contexto mucho más amplio de la historia judía. “En estos años de aflicción, nuestra disposición a ayudarnos unos a otros se pone a prueba de forma especialmente severa. Ojalá superemos esta prueba tan bien como lo hicieron nuestros antepasados”.
Esas palabras adquieren una conmovedora intensidad al considerarlas desde la perspectiva de lo que sucedió después, pues la carta fue escrita justo antes de uno de los periodos más oscuros de la historia judía. En cuestión de semanas, la invasión alemana de Polonia daría comienzo a la Segunda Guerra Mundial, y la persecución de los judíos europeos se convertiría finalmente en el exterminio sistemático de seis millones de hombres, mujeres y niños judíos. Sin embargo, en el verano de 1939, aún existía la oportunidad de salvar vidas, y activistas judíos, organizaciones comunitarias e individuos en Estados Unidos y otros lugares se esforzaban por encontrar maneras de ayudar a los refugiados a escapar de las condiciones cada vez más peligrosas en Europa.
Einstein fue una de las figuras más destacadas que se sumaron a esta causa, utilizando una reputación que trascendía la comunidad judía para visibilizar la difícil situación de los refugiados judíos y alentar a quienes intentaban ayudarlos. A finales de la década de 1930, escribió cartas en nombre de los refugiados, firmó declaraciones juradas y ofreció su apoyo a personas y organizaciones dedicadas a las labores de rescate y socorro, demostrando que su preocupación por el pueblo judío iba mucho más allá de la simpatía o la identificación personal, adentrándose en el ámbito de la acción pública.
El momento en que Einstein escribió su carta a Lubetkin es particularmente significativo, ya que apenas dos semanas antes había pronunciado el discurso inaugural en la apertura del Pabellón Judío de Palestina en la Feria Mundial de Nueva York, donde habló ante una enorme audiencia estimada en aproximadamente 100.000 personas. En una época anterior a que la televisión y las redes sociales pudieran amplificar instantáneamente las palabras de una figura pública en todo el mundo, la aparición de Einstein le brindó una plataforma extraordinaria desde la cual abordar las preocupaciones del pueblo judío, y aprovechó esa oportunidad para instar a sus oyentes a “luchar con todas sus fuerzas”.
Ese llamamiento público y la carta privada a Lubetkin revelan la misma convicción subyacente: que la supervivencia judía dependía no solo del coraje individual, sino también de la voluntad de los judíos de reconocer su responsabilidad compartida, especialmente cuando sus compatriotas se enfrentaban a la persecución y el desplazamiento. Einstein comprendió que la crisis de los refugiados no era simplemente un problema humanitario que afectaba a extraños lejanos, sino una crisis judía que exigía una respuesta colectiva de aquellos judíos que, afortunadamente, vivían en relativa seguridad.
“No tenemos otro medio de autodefensa que nuestra solidaridad y la certeza de que la causa por la que sufrimos es trascendental y sagrada”, escribió Einstein, expresando con notable franqueza la filosofía que impregna toda la carta. Para él, la solidaridad no era simplemente una expresión del sentimiento judío; representaba un medio práctico para afrontar la persecución en un momento en que los judíos contaban con pocas alternativas para proteger a sus hermanos en peligro.
A continuación, le expresó a Lubetkin un profundo agradecimiento por la labor que estaba realizando, escribiendo que debía ser una gran satisfacción saber que estaba contribuyendo de manera tan importante a “rescatar a nuestros hermanos judíos perseguidos de su terrible situación y guiarlos hacia un futuro mejor”. El lenguaje resulta impactante no solo por su fuerza emocional, sino porque Einstein se identifica deliberadamente tanto con Lubetkin como con los refugiados como parte de un mismo colectivo judío, refiriéndose a las víctimas no como “los refugiados” o “esos judíos”, sino como “nuestros hermanos judíos perseguidos”.
Ese sentido de responsabilidad colectiva fue especialmente significativo durante la crisis de refugiados de finales de la década de 1930, cuando los judíos que huían de la persecución nazi se enfrentaron a obstáculos formidables en su búsqueda de refugio. Los países que podrían haber ofrecido seguridad impusieron restricciones a la inmigración, mientras que el número de personas que buscaban escapar de Europa seguía aumentando, lo que obligó a activistas como Lubetkin a intentar sortear una situación cada vez más desesperada en la que cada intervención exitosa podía significar la diferencia entre que un refugiado alcanzara la seguridad o quedara atrapado en un continente que se encaminaba hacia la guerra.
La carta de Einstein ofrece, por lo tanto, mucho más que una mirada íntima a las preocupaciones humanitarias de una figura histórica célebre; refleja un mundo judío al borde de la catástrofe, en un momento en que la necesidad de rescate se volvía cada vez más urgente y en que quienes trabajaban con refugiados requerían tanto ayuda práctica como aliento moral. La decisión de Einstein de escribir directamente a Lubetkin, y su énfasis en la antigua tradición judía de ayuda mutua, demuestran la profunda comprensión que tenía de la crisis de los refugiados desde la perspectiva de la historia judía y la responsabilidad colectiva.
Para Einstein, la historia de la supervivencia judía era inseparable de la voluntad de un judío de ayudar a otro, una tradición que, según él, había permitido al pueblo judío resistir repetidos periodos de persecución a lo largo de los siglos. Su llamamiento a Lubetkin para que “superara esta prueba”, como lo habían hecho los antepasados judíos, fue, por tanto, un elogio a la labor del activista como un desafío a la comunidad judía en general para que estuviera a la altura de las circunstancias que la aquejaban.
La carta también sirve como recordatorio de que la relación de Einstein con el pueblo judío fue mucho más trascendental de lo que su imagen popular como brillante físico podría sugerir. Si bien sus logros científicos lo convirtieron en una de las figuras más reconocidas del mundo, también se convirtió en una figura pública judía influyente cuyas palabras tuvieron un peso enorme en cuestiones relacionadas con la seguridad judía, la ayuda a los refugiados, Palestina y el futuro del pueblo judío. En un momento en que los judíos en Europa eran cada vez más despojados de sus hogares, derechos y seguridad, Einstein utilizó toda la influencia que poseía para llamar la atención sobre su difícil situación y alentar a otros a actuar en su favor.
Vista hoy, más de ocho décadas después de haber sido escrita, la carta del 10 de junio de 1939 posee una cualidad casi sobrecogedora, pues su autor la escribía en un momento en que la historia avanzaba rápidamente hacia una catástrofe cuyas dimensiones aún desconocía. Einstein no podía prever la magnitud total del Holocausto, ni tampoco podía saber cuántos de los refugiados cuya difícil situación le preocupaba encontrarían finalmente un lugar seguro y cuántos no, pero comprendía claramente que las vidas judías corrían peligro y que quienes tenían la capacidad de ayudar no podían permanecer impasibles.
Lo que hace que el documento sea particularmente significativo es que Einstein no presentó la solidaridad judía como una cuestión de conveniencia ni simplemente como una virtud admirable; la describió como una fuente fundamental de la capacidad de supervivencia del pueblo judío. En su opinión, la fortaleza que había sostenido al pueblo judío a través de miles de años de dispersión y persecución tenía sus raíces en tradiciones de ayuda mutua, y la crisis de refugiados de 1939 representó otro momento en el que esa tradición se pondría a prueba.
La carta a Irving Lubetkin se erige, por tanto, como documento histórico y testimonio personal, preservando la voz de Albert Einstein en un momento crítico de la historia judía y mostrando cómo uno de los judíos más famosos del siglo XX buscó usar su influencia en favor de los refugiados cuyas vidas estaban amenazadas por la persecución nazi. Escrita apenas unas semanas antes del estallido de la guerra y pocos años antes de que se conociera el horror del Holocausto, el mensaje de Einstein sigue siendo extraordinariamente claro: cuando los judíos se ven amenazados, su fuerza reside en su solidaridad, su voluntad de asumir la responsabilidad mutua y su determinación de garantizar que quienes están en peligro no tengan que afrontar su destino solos.
Más de ochenta años después, esas palabras otorgan a la carta un significado que trasciende con creces a su destinatario original, transformando lo que de otro modo podría considerarse una simple correspondencia entre un científico célebre y un activista judío en una ventana a uno de los momentos más trascendentales de la historia judía moderna, cuando la antigua tradición judía de ayuda mutua se vio obligada a afrontar un desafío sin precedentes.
















