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Elegidos para inspirar: La verdadera vocación del pueblo judío

Elegidos para inspirar: La verdadera vocación del pueblo judío

Rabino Mordechai Weiss

¿Qué define a un judío? Es una pregunta tan antigua como nuestro pueblo, y, sin embargo, sigue siendo tan urgente y relevante hoy como siempre. ¿Es la identidad judía algo que heredamos pasivamente, un estatus conferido al nacer por tener una madre judía? ¿O es algo que debemos ganarnos activamente, moldeado y definido por nuestra forma de vivir, de actuar y de comportarnos en el mundo?

A primera vista, la ley judía parece ofrecer una respuesta clara. Un judío es alguien nacido de madre judía, independientemente de su observancia o creencia personal. Ese estatus es inmutable. No se puede simplemente renunciar a él. Sin embargo, quedarse ahí sería pasar por alto una verdad más profunda y exigente, arraigada en nuestra tradición. La identidad judía puede comenzar al nacer, pero no termina ahí. Requiere algo más: algo continuo, algo vivido.

La Torá misma refleja esta tensión. En un pasaje, se nos dice: “Porque sois un pueblo santo para Hashem, y Hashem os ha escogido para ser para Él una nación preciada entre todos los pueblos de la tierra”. Es una poderosa declaración de singularidad, de elección, de santidad inherente. Sugiere que hay algo esencial e inmutable en el pueblo judío.

Sin embargo, en otro pasaje, con un tono aparentemente contradictorio, la Torá nos recuerda: “No por vuestra rectitud venís a poseer esta tierra… sino por la maldad de estas naciones, y para cumplir el juramento que Hashem hizo a vuestros antepasados”. Aquí, el énfasis cambia. Nuestro lugar en la tierra, y quizás incluso nuestra condición, no se presenta como una recompensa por la virtud, sino como una consecuencia de la historia y la promesa divina.

En conjunto, estos pasajes nos obligan a afrontar una pregunta incómoda pero necesaria: si nuestra condición de elegidos no se basa en nuestra rectitud, ¿qué se espera de nosotros? ¿Somos meros beneficiarios de un legado o estamos llamados a estar a la altura de él?

La respuesta, al parecer, reside en abrazar ambos aspectos de nuestra identidad. Ser judío no sólo implica nacer en un pacto, sino también vivir de acuerdo con él. No basta con ostentar el título; hay que encarnar su significado. Nuestras acciones, nuestra ética y nuestro comportamiento no son secundarios a nuestra identidad; son parte integral de ella.

Esta doble responsabilidad tiene gran peso. El pueblo judío siempre se ha considerado sujeto a un estándar más elevado. Se nos ordena ser “luz para las naciones”, un modelo de claridad moral y propósito espiritual. Cuando vivimos con integridad, compasión y honestidad, cumplimos esa misión. Pero cuando fallamos, cuando actuamos con deshonestidad en los negocios, cuando maltratamos a los demás, cuando abandonamos los valores que decimos defender, hacemos más que fallar personalmente. Creamos un jillul Hashem, una profanación del nombre de Di’s. Al hacerlo, socavamos no sólo nuestra propia identidad, sino el propósito mismo para el que fuimos elegidos.

Sin embargo, al hablar de la elección, debemos tener cuidado de no malinterpretar sus implicaciones. Ser elegido no significa que los demás sean indignos. No implica que el resto de la humanidad sea de alguna manera inferior o no merezca dignidad y respeto. Por el contrario, una de las enseñanzas más profundas de nuestra tradición es que todos los seres humanos son creados a imagen de Di’s.

El Talmud ofrece un ejemplo impactante de esta idea. Cuando los egipcios se ahogaron en el mar mientras los israelitas escapaban, el pueblo judío cantó alabanzas. Los ángeles también quisieron unirse a la celebración. Pero Di’s los reprendió, diciendo: “¿La obra de mis manos se ahoga en el mar y ustedes quieren cantar?”. En ese momento, el triunfo de la justicia se vio atenuado por el dolor de la pérdida. Ni siquiera la derrota del enemigo fue motivo de alegría desbordante, porque ellos también eran creaciones de Di’s.

Esta enseñanza tiene profundas implicaciones. Nos recuerda que la compasión de Di’s no se limita a un solo pueblo. Si bien puede existir una relación única entre Di’s y el pueblo judío, también hay un vínculo universal que conecta a Di’s con toda la humanidad. Toda vida tiene valor. Toda persona refleja algo de lo Divino.

Lamentablemente, ésta es una lección que a veces se olvida. Hay casos, incluso dentro de nuestras propias comunidades, donde se habla de los no judíos con desdén o se los menosprecia con un lenguaje despectivo. Tales actitudes no sólo son moralmente reprochables, sino que están fundamentalmente reñidas con la misma Torá que decimos defender. Degradar a otro ser humano es despreciar la imagen de Di’s que reside en él.

Vale la pena recordar que nuestros orígenes son más complejos de lo que podríamos suponer. Adán no era judío. Tampoco Noé. Incluso Abraham, Isaac y Jacob vivieron antes de la entrega formal de la Torá en el Sinaí. En cierto sentido, el pueblo judío como nación no comenzó con un individuo, sino con un momento colectivo en el Sinaí, cuando se reunieron y aceptaron la Torá. Ese compromiso compartido, esa voluntad de entrar en una alianza, es lo que verdaderamente nos definió.

En este contexto, la humildad se vuelve esencial. Nuestra identidad no es un símbolo de superioridad, sino un llamado a la responsabilidad. No fuimos elegidos para menospreciar a los demás, sino para superarnos y, con nuestro ejemplo, enaltecer al mundo.

Ser judío, entonces, implica vivir con una constante conciencia tanto del privilegio como de la obligación. Significa reconocer que, si bien nuestro estatus puede ser heredado, nuestro valor se demuestra. Significa comprender que la forma en que tratamos a los demás —judíos y no judíos por igual— es un reflejo de nuestra fe y nuestros valores.

Y, quizás lo más importante, es transmitir este conocimiento a la próxima generación. Nuestros hijos deben crecer sabiendo no sólo que forman parte de un pueblo elegido, sino también lo que eso significa en realidad. Deben aprender que cada persona con la que se encuentran lleva dentro de sí una chispa divina. Que el respeto, la bondad y la dignidad no son opcionales; son esenciales.

En definitiva, la pregunta no es simplemente “¿Quién es judío?”, sino “¿Qué clase de judío seremos?”. La respuesta no reside únicamente en nuestro linaje, sino también en cómo interactuamos con todas las personas y en el ejemplo que damos a los demás.

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