En el mundo físico, un artesano cobra por los resultados. Si se esfuerza y trabaja duro pero no termina la tarea, no recibirá pago sólo por el esfuerzo.
En el ámbito espiritual, sin embargo, las reglas son diferentes. Quien se esfuerza en el estudio de la Torá o en cualquier mitzvá es recompensado no por el resultado, sino por el esfuerzo. Por ejemplo, si alguien se esfuerza mucho por asistir a una clase de Torá y esta se cancela, o si se esfuerza por comprender un pasaje talmúdico, pero no lo logra, aun así recibe la recompensa completa. En el Cielo, dicen: “Según el esfuerzo, así es la recompensa”. Cuanto mayor sea el esfuerzo, el tiempo, la tensión mental o los desafíos que se enfrenten, mayor será la recompensa espiritual, independientemente del resultado final.
Esto nos lleva a una situación que puede parecer absurda: alguien con tiempo de sobra o una inteligencia excepcional podría dominar una página del Talmud en 30 minutos y comprenderla a fondo. Sin embargo, si desperdicia el resto del día, su recompensa eterna podría ser insignificante en comparación con la de alguien con tiempo limitado o una mente menos desarrollada, que se esfuerza durante horas -o incluso días- con la misma página y solo la comprende parcialmente. La sociedad podría admirar al primero y despreciar al segundo, pero en el Cielo, la balanza se invierte. Allí, las luchas, el esfuerzo y la perseverancia de la segunda persona son plenamente reconocidos y recompensados generosamente.
Cuando se estudia la Torá en grupo, la recompensa de cada persona se multiplica por el número de participantes. Como escribe el Shedeh Jemed: “El estudio en grupo multiplica tu mérito según el número de personas involucradas. Cuando se realiza una mitzvá en colaboración, cada participante recibe recompensa como si la hubiera realizado por sí mismo”. El Jafetz Jaim añade que estudiar en grupo santifica el Nombre de Di’s, razón por la cual se recita el Kadish después. Esto la convierte en una mitzvá doblemente poderosa.
Un cálculo rápido revela que el tiempo encierra millones y millones de tesoros espirituales, mucho más allá de la capacidad de comprensión de la mente humana. La persona sabia no permite que el mundo material oculte esta verdad. En cambio, se esfuerza por dedicar tiempo diariamente al estudio de la Torá, aprovechando cada momento libre para sumergirse en ella, y así llena su tiempo con la “moneda” más valiosa que existe: la recompensa espiritual eterna.
Una parábola
Imaginemos a un hombre que salva a la hija del rey de ahogarse. Como recompensa, se le conceden dos horas en la bóveda del tesoro real para que tome lo que desee. Temiendo que la vacíe, los ministros reales llenan los vestíbulos con exquisitos manjares, artistas y placeres. Al entrar en el palacio, el hombre queda cautivado. Prueba la comida, escucha la música y se entretiene demasiado tiempo. De repente, se da cuenta de que sólo quedan dos minutos. Corre hacia la sala del tesoro y queda maravillado por las joyas brillantes, las coronas de oro y los artefactos de valor incalculable. Justo cuando da un paso adelante, una mano le toca el hombro. Se le acabó el tiempo.
Aunque suplica quedarse un poco más, se ve obligado a marcharse con las manos vacías y desolado. Sólo entonces comprende que los placeres efímeros que encontró en el camino le costaron tesoros inimaginables. Si se hubiera llevado tan solo una joya, habría superado el valor de todos los caprichos en los que malgastó su tiempo. ¿Y si hubiera tenido tiempo de llevarse coronas enteras?
Lo mismo ocurre con la vida. Tenemos un tiempo limitado en la tierra, lleno de ilusiones de placeres materiales pasajeros, mientras que el verdadero tesoro de la Torá y las mitzvot nos espera. Estos actos espirituales generan una alegría verdadera y eterna, mucho mayor que cualquier cosa que este mundo pueda ofrecer. Sin embargo, esta oportunidad solo está disponible aquí, en el mundo físico. Las tentaciones son muchas, pero la persona sabia las supera y llena cada momento con acciones significativas.
Como dice el versículo: “Ningún ojo lo ha visto, oh Di’s, sino el tuyo”, refiriéndose a la alegría que aguarda a quienes emplean su tiempo con sabiduría. Dichoso aquel que, con valentía y determinación, vence sus impulsos y vive para lo que perdura para siempre.
















