Sivan Rahav Meir
El sobreviviente del Holocausto, el Dr. Abraham Peter, falleció esta semana, dos meses antes de cumplir 100 años. La mayoría de nosotros nunca habíamos oído hablar de él, ni en vida ni tras su muerte, y es una pena. Éste es un pequeño intento de corregirlo.
Como ingeniero de alto nivel, el Dr. Peter ayudó a establecer la Fuerza Aérea Israelí en los primeros años del Estado de Israel. Más tarde continuó una carrera científica internacional en el campo espacial. Basta mencionar un logro excepcional: durante años trabajó en la NASA. Durante la crisis de la misión Apolo 13, fue convocado a la sala de control de la agencia espacial estadounidense. La nave se dirigía a la Luna, pero una explosión en un tanque de oxígeno puso en peligro la vida de los astronautas. El Dr. Peter mantuvo una calma absoluta, improvisó soluciones de ingeniería complejas y creativas y, finalmente, los astronautas regresaron sanos y salvos a la Tierra.
Cuando los medios le preguntaban sobre aquellos momentos, él siempre volvía a contar una pequeña historia que relató innumerables veces a lo largo de su vida. En todas sus conferencias y artículos decía que estos momentos lo moldearon y le dieron fuerza.
Abraham Peter nació en Polonia. Su familia fue enviada al gueto de Łodz, donde vivieron años difíciles de hambre, enfermedades y trabajos forzados. Un día, el joven Abraham fue enviado a realizar trabajos fuera de los muros del gueto y logró, corriendo un enorme riesgo, conseguir una manzana. Si lo hubieran descubierto, el castigo habría sido, por supuesto, la muerte inmediata. Escondió la manzana, logró pasar los estrictos controles de vigilancia y la llevó a su padre, dentro del gueto.
Su padre no había visto una fruta fresca en años. Estaba enfermo y débil. Cuando su hijo le entregó la manzana, las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Pero entonces ocurrió el momento que cambió la vida del joven Abraham: en lugar de lanzarse a comer la manzana impulsado por un hambre casi inhumana, vio a su padre sostenerla en la mano, levantarla hacia lo alto y recitar lentamente y en voz alta la bendición: “Bendito eres Tú, Señor nuestro Dios, Rey del universo, que creas el fruto del árbol”.
Y luego añadió otra bendición: “Bendito eres Tú, Señor nuestro Dios, Rey del universo, que nos has dado vida, nos has sostenido y nos has permitido llegar a este momento”.
El joven Abraham quedó atónito. Su padre no se abalanzó sobre la manzana. Se detuvo para agradecer, bendecir y dar a ese instante un significado espiritual y judío. Sólo después mordió la fruta y compartió los trozos con el resto de la familia.
“Esto me convirtió en un judío orgulloso”, diría más tarde Abraham. “Me hizo comprender que no son nuestros impulsos los que nos gobiernan. Vi a mi padre vencerlo todo, y eso se convirtió en el ancla espiritual que me acompañó durante toda mi vida. Mi padre murió en el gueto, como la mayoría de mi familia. Pero yo sobreviví, y el recuerdo de él bendiciendo aquella manzana me dio la fortaleza para triunfar. Comprendí que incluso bajo una presión extrema, incluso en la escasez, tanto en el gueto como en la sala de control de la NASA, es posible mantener el control y cumplir con el deber; que somos mucho más que un cuerpo, somos un alma. Mi padre agradeció a Di’s por una manzana, y yo tuve el privilegio de investigar las maravillas de la creación en profundidad, de sumergirme en el mundo de la ciencia y de encontrar al Creador también allí, igual que en aquella manzana”.
Durante más de ochenta años, esa manzana le dio fuerza al Dr. Peter. Esta semana fue enterrado en Jerusalem.
Shabat Shalom.
















