Cada año, cuando llega el ayuno del 17 de Tamuz, sé lo que me espera. Para muchos, las Tres Semanas son simplemente un período de alegría disminuida. Para mí, son emocionalmente agotadoras. A medida que el calendario avanza inexorablemente hacia Tishá B’Av, me encuentro entrando en un mundo de duelo que se vuelve más pesado con cada día que pasa. La música desaparece, las celebraciones cesan y nuestros pensamientos se dirigen a la destrucción, el exilio, la persecución y las lágrimas. Cuando finalmente llega Tishá B’Av, casi anhelo que simplemente termine.
Este año no comenzó de manera diferente.
Al entrar en la sinagoga aquella mañana de Tishá B’Av, instintivamente busqué mi Talit y mis Tefilín antes de recordar que permanecerían intactos hasta Minjá. De repente, me sentí extrañamente vulnerable. Al mirar alrededor de la sinagoga, todos los hombres parecían iguales. Las familiares vestiduras blancas que acompañan nuestras oraciones diarias estaban ausentes, dejando una sensación difícil de describir. No era sólo la ausencia del Talit y los Tefilín; era una sensación de soledad.
Mientras permanecía sentado en silencio, mis pensamientos vagaron más allá de los muros de la sinagoga. Casi por dondequiera que miremos hoy, parece haber una nueva acusación contra el pueblo judío, una nueva manifestación que condena a Israel, un nuevo intento de deslegitimar nuestra propia existencia. Las universidades que antes se enorgullecían de su tolerancia se han convertido en focos de antisemitismo. Las organizaciones internacionales condenan repetidamente a Israel, pero guardan silencio ante la verdadera maldad. Las redes sociales rebosan de distorsiones, mentiras y odio dirigidos contra los judíos.
En ese momento, sentí que nuestra nación estaba sola. ¿Por qué, me preguntaba, nos odia el mundo? ¿Es porque somos judíos? ¿Porque creemos que todo ser humano fue creado a imagen de Di’s? ¿Porque Israel construye hospitales que atienden a pacientes sin importar su religión, raza o nacionalidad? ¿Porque no buscamos más que el derecho a vivir en paz en la tierra que nos prometieron nuestros antepasados? Estas preguntas me atormentaban.
Esa misma mañana, asistí a una extraordinaria presentación multimedia del rabino Yehoshua Grunstein, quien conectó magistralmente las Kinnot que recitamos en Tishá B’Av con los trágicos acontecimientos que nuestra nación ha vivido durante el último año. De repente, los antiguos lamentos dejaron de pertenecer sólo al pasado. La destrucción de Jerusalem se fusionó con la destrucción que vivimos en nuestra generación. Las lágrimas de Jeremías se convirtieron en las lágrimas de las familias afligidas, y los gritos del exilio resonaron en las voces de quienes aún esperan el regreso de sus seres queridos. En más de una ocasión, no pude contener las lágrimas.
Mientras escuchaba, otro pensamiento cruzó por mi mente. La gente suele definir la locura como hacer lo mismo repetidamente esperando resultados diferentes. Durante casi dos mil años hemos observado Tishá B’Av. Durante casi dos mil años hemos ayunado, recitado las mismas Kinnot, llorado la misma destrucción y hablado sobre los peligros de sinat jinam. Sin embargo, ¿hemos cambiado realmente? Seguimos lidiando con la división. Seguimos discutiendo, criticándonos unos a otros y permitiendo que diferencias insignificantes nos separen. ¿Cuántos sermones se han pronunciado sobre la unidad judía? ¿Cuántos libros se han escrito? ¿Cuántas campañas nos han instado a amarnos unos a otros? A pesar de los esfuerzos sinceros y heroicos, todavía tenemos mucho trabajo por hacer.
La pregunta se volvió casi inevitable: ¿Por qué volvemos a hacer esto? ¿Repetiremos eternamente el mismo ciclo de duelo con la esperanza de que, de alguna manera, las cosas cambien?
Entonces, casi de forma inesperada, llegó la respuesta.
Las cosas han cambiado.
Durante estos últimos setenta y ocho años ha ocurrido algo extraordinario que distingue a nuestra generación de todas las generaciones judías que la precedieron.
Durante casi dos mil años, los judíos concluyeron el Séder y el Yom Kipur diciendo: “Leshana Haba’a B’Yerushalayim”. Susurraron esas palabras en los guetos de Europa, en las aldeas de Yemen, en Marruecos, en Irak, en la oscuridad de la Inquisición y entre las cenizas del Holocausto. Generación tras generación soñaron con regresar a una patria que la mayoría jamás vería.
Somos las primeras generaciones en casi dos milenios que podemos hacer algo más que soñar con esas palabras.
Podemos vivirlas.
Existe un Estado de Israel.
Esas sencillas palabras habrían sonado imposibles para nuestros abuelos. Desafiando todas las leyes de la historia, el pueblo judío ha regresado a su patria. Una lengua que había permanecido latente durante siglos vuelve a llenar las calles de vida. Los desiertos florecen, los viñedos ancestrales prosperan y Jerusalem resuena con las voces de los niños judíos. Ninguna nación ha regresado jamás a su patria ancestral tras dos mil años de exilio. Ninguna civilización ha revivido una lengua antigua y la ha transformado en el lenguaje vibrante de la vida cotidiana. Ningún pueblo ha sobrevivido a la dispersión, la persecución, las expulsiones, los pogromos y el Holocausto para regresar más fuerte que antes.
Sólo el pueblo judío.
Simplemente porque las promesas del Todopoderoso nunca fallan.
Sí, aún enfrentamos enemigos que buscan nuestra destrucción. El antisemitismo ha resurgido en gran parte del mundo, e Israel continúa luchando por su propia existencia. Sin embargo, miren en lo que nos hemos convertido. Ya no somos los judíos indefensos que dependían de la misericordia de gobiernos extranjeros. Tenemos hijos e hijas que defienden valientemente nuestra patria. Tenemos científicos, médicos, educadores e innovadores cuyas contribuciones benefician a toda la humanidad. Los equipos humanitarios israelíes suelen ser de los primeros en llegar dondequiera que ocurre un desastre, mientras que el estudio de la Torá florece en toda la Tierra de Israel a una escala inimaginable hace tan sólo un siglo.
Cada avión que aterriza en el aeropuerto Ben-Gurión marca un nuevo capítulo en la reunificación de nuestro pueblo. Cada soldado que custodia Jerusalem proclama que el pueblo judío jamás volverá a estar indefenso. Cada niño que ríe en las calles de Israel es una victoria sobre quienes intentaron borrarnos de la historia.
Tishá B’Av siempre nos recordará lo que hemos perdido, y seguimos orando por la reconstrucción del Beit HaMikdash y la redención completa de nuestro pueblo. Pero este año comprendí que Tishá B’Av también nos recuerda lo que el Todopoderoso ya ha comenzado a restaurar. Ya no lloramos como una nación sin hogar que vaga por la historia. Lloramos como una nación que ha regresado a casa, una nación que se reconstruye física y espiritualmente, y una nación privilegiada para presenciar el cumplimiento de profecías que incontables generaciones solo podían imaginar.
Al acercarse el final del ayuno, ya no me sentía solo.
El pueblo judío no está solo.
Tenemos una patria. Tenemos Jerusalem. Tenemos una bandera que ondea con orgullo sobre nuestra antigua capital. Tenemos un ejército que protege las vidas judías y una nación cuyo corazón late al ritmo de la Torá y cuya alma resuena con Sion.
Aún quedan lágrimas que derramar y desafíos que superar. Aún quedan divisiones que sanar y oraciones que ofrecer. Sin embargo, la desesperación ya no nos define. La esperanza sí.
Por eso este Tishá B’Av se sintió diferente.
Mientras el Estado de Israel se mantenga orgulloso sobre las montañas de Sion, todo judío tiene motivos para creer que la historia de Tishá B’Av ya no es sólo una historia de destrucción.
Ante nuestros propios ojos, se está convirtiendo en una historia de redención.
















