Foto: Eliya Cohen (Foto: Chaim Goldberg, Flash90)
Solemos imaginar la negociación como una contienda entre partes opuestas: un comprador y un vendedor, un sindicato y un ejecutivo, diplomáticos sentados a una mesa. Pero mucho antes de sentarnos frente a un oponente, la negociación más trascendental generalmente ya se ha producido en nuestra propia mente.
Esta idea queda poderosamente ilustrada por la historia de Eliya Cohen, el civil israelí que sobrevivió 505 días en cautiverio a manos de Hamás en Gaza. Secuestrado del festival de música Nova el 7 de octubre de 2023, Cohen pasó más de un año escondido, sufriendo hambre, violencia, aislamiento e incertidumbre. Tras su liberación en febrero de 2025, comenzó a hablar públicamente sobre su experiencia y finalmente escribió unas memorias tituladas Mufawadat, que en árabe significa “negociación”.
Según explica, el título no sólo alude a las negociaciones que finalmente llevaron al acuerdo de rehenes. Cohen ha descrito su cautiverio como una serie de negociaciones: con sus captores sobre comida, agua, luz, higiene y otras necesidades básicas; con Di’s, de quien buscaba desesperadamente alguna indicación sobre qué debía hacer; y, la más difícil de todas, consigo mismo. Como comentó en una entrevista reciente, se cuestionó repetidamente si debía seguir luchando por su vida. La supervivencia misma se convirtió en una decisión que debía renovarse constantemente.
Esa es una forma impactante de comprender la resiliencia. Según Cohen, la supervivencia no era simplemente un instinto físico que se activaba automáticamente. Requería un esfuerzo interno de auto convicción: Levántate. Sigue adelante. Come lo que puedas. Resiste. Todavía hay un mañana. Las circunstancias a su alrededor no le daban casi ningún motivo para confiar en que el mañana sería mejor. Sin embargo, continuó comportándose como si su futuro mereciera ser preservado.
Pirké Avot pregunta: “¿Quién es poderoso?” y responde: “Aquel que vence sus impulsos” (4:1). La sabiduría judía nos enseña que la mayor victoria no consiste necesariamente en derrotar a otra persona, sino en alcanzar el dominio propio suficiente para actuar de acuerdo con nuestros propósitos superiores, en lugar de dejarnos llevar por el impulso más fuerte del momento.
El rabino Shneur Zalman de Liadi desarrolla esta idea extensamente en el Tanya. Describe al ser humano como poseedor de dos orientaciones espirituales contrapuestas: el Néfesh HaElokit, el alma divina, y el Néfesh HaBahamit, el alma animal. El alma animal no es simplemente “mala”; abarca los impulsos asociados con la existencia física, el instinto, la autoconservación y la gratificación inmediata. El alma divina impulsa a la persona hacia la trascendencia, el sentido y el servicio a Di’s. Por lo tanto, la vida humana implica una lucha constante por determinar qué conjunto de impulsos regirá las acciones de cada uno.
El rabino Eliyahu Dessler, en su libro Mijtav M’Eliyahu, describe esta lucha interna como la esencia del libre albedrío. El libre albedrío, enseña, se concentra en un lugar específico que él llama nekudat habejirá, el “punto de elección”: el espacio preciso donde la convicción y el instinto se equilibran genuinamente, donde el resultado no está predeterminado por el hábito o las circunstancias. En otros casos, la persona se deja llevar: actúa por convicción firme cuando la cuestión está resuelta desde hace tiempo, o por impulso arraigado donde el alma divina aún no ha llegado. La verdadera negociación solo ocurre en ese punto crucial.
El relato de Cohen coincide casi a la perfección con esto. No necesitaba replantearse su voluntad de vivir cada mañana en cada aspecto de su existencia; la mayor parte de su ser permanecía intacto. La negociación se concentraba en un punto crucial y brutal: si levantarse ese día, si seguir comiendo, si valía la pena luchar por el mañana. Ese punto cambiaba a diario, incluso cada hora, a medida que la presión de sus captores aumentaba y disminuía. El rabino Dessler diría que es precisamente ahí donde reside la verdadera voluntad de vivir de una persona, en la decisión específica tomada en el punto donde la desesperación y la esperanza aún se disputaban el resultado.
Viktor Frankl, basándose en su propia experiencia traumática, llegó a una conclusión similar. En El hombre en busca de sentido, observó que casi todo puede arrebatársele a una persona, excepto una cosa: la libertad de elegir su actitud ante cualquier circunstancia. Los prisioneros que resistían psicológicamente, notó, rara vez se distinguían por mejores condiciones, sino por haber encontrado alguna razón que les permitía ganar la batalla contra la desesperación un día más. Al igual que la nekudat habejirá del rabino Dessler, la libertad de Frankl no es global; no deshace el horror circundante. Es un punto de acción persistente dentro de circunstancias que, de otro modo, no permiten ninguna.
Gracias a Dios, la dura experiencia de Cohen es algo que la mayoría de la humanidad jamás tendrá que vivir. Pero su poderoso mensaje sobre la importancia de negociar con uno mismo -y ganar esa batalla- es algo de lo que todos podemos beneficiarnos. A veces parece que hay muy poco que podamos controlar; pero todos podemos ejercer nuestro libre albedrío, elegir la esperanza en lugar de la desesperación y dar un pequeño paso más hacia el autoconocimiento.
















