Alberto J. Rotenberg
1 de junio de 2020
Este sería un Shavuot diferente. Solo en mi casa.
Lejanos parecían los tiempos en que me reunía con mi jabruta (discípulo) y estudiábamos toda la noche, siguiendo nuestro programa y, sobre todo, ayudando uno al otro a no dormirse.
Me preparé lo que iba a leer y estudiar a sabiendas que se trataría de una noche larga.
Sin embargo, algo alteró los planes. Mis hijos se pusieron a estudiar conmigo. De pronto el tiempo quedó suspendido. Sin celulares, sin pantallas, sin interrupción. Sin apuro. Aparecieron preguntas y dudas escondidas que la vorágine del día a día no permitían salir. Sumado a que, esta vez y gracias a la pandemia, me quedé en casa. Y la conversación se extendió hasta bien entrada la madrugada.
La pandemia nos regaló un Shavuot increíble. Único.
Es lo que el Creador quería para nosotros.
















