Esta semana leí la Parashá Koraj y su famosa historia de conflicto y rebelión.
Ante las divisiones y la polarización que existen hoy en día entre nuestra gente, me he vuelto cada vez más sensible al conflicto. Esto me hizo preguntarme: ¿Es posible discrepar de manera constructiva?
En primer lugar, debemos comprender la naturaleza de la disputa de Coré.
Coré desafió y se rebeló contra Moisés. Junto con 250 jueces, argumentó contra Moisés y Aarón, diciendo: “Toda la congregación es santa, y el Señor está entre ellos. ¿Por qué se han enaltecido ustedes por encima de la asamblea del Señor?”.
En esencia, Koraj predicaba la igualdad y la eliminación de las distinciones entre los sacerdotes y el resto de la nación.
Moisés, agotado por las numerosas disputas entre el pueblo, propuso una prueba. Koraj y sus seguidores ofrecerían incienso ante Di’s, tal como lo hacía Aarón. Moisés declaró que, si Koraj moría de muerte ordinaria, entonces él no era verdaderamente el mensajero de Di’s. Pero si Koraj y quienes incitaron la rebelión morían de muerte extraordinaria, se demostraría que habían pecado contra Moisés como líder elegido por Di’s.
Tal como Moisés predijo, la tierra abrió su boca y se tragó a Koraj, a sus seguidores, a sus familias y a sus posesiones. Al mismo tiempo, un fuego celestial consumió a los 250 jueces que habían incitado al pueblo contra Moisés.
A través de la historia de Koraj, aprendemos cuán grave y destructivo puede ser el conflicto dentro del pueblo judío.
El Talmud afirma: “Quien mantiene una disputa transgrede una prohibición, como está escrito: ‘Y no será como Coré y su asamblea’” (Sanedrín 110a).
Todo odio entre judíos está prohibido, pero un conflicto persistente es aún más grave porque no se trata simplemente de un desacuerdo pasajero. Se convierte en un compromiso sostenido con la hostilidad, el resentimiento y la división entre hermanos y hermanas.
El Talmud enseña además que cuando una disputa se dirige contra un erudito de la Torá, su gravedad es aún mayor, porque puede alejar a las personas de la observancia de la Torá y disminuir el respeto por la Torá misma.
¿Cuál es la solución?
Al fin y al cabo, somos un pueblo formado por personas de diversas tierras y orígenes. Siempre tendremos opiniones diferentes.
La respuesta es que no todos los desacuerdos son negativos.
Existe el desacuerdo constructivo: un desacuerdo centrado en las ideas más que en la animosidad personal. El ejemplo clásico son las disputas entre Hillel y Shammai. A través de sus debates, la verdad se clarificó y se perfeccionó. Por eso, los Sabios dijeron de tales desacuerdos que están “destinados a perdurar”.
En otras palabras, ambas perspectivas conservan un valor perdurable porque surgieron de una búsqueda sincera de la verdad, y no del deseo de atacar o menospreciar a los demás.
Discrepar sin odiar
Es perfectamente aceptable discrepar con alguien. De hecho, un desacuerdo sano puede ser beneficioso.
La clave está en cuestionar la idea sin odiar a quien la defiende. Debemos dar cabida a diferentes perspectivas y practicar la tolerancia, incluso cuando las opiniones de otra persona entren en conflicto con nuestros propios valores y creencias.
Cuando aprendemos a separar el desacuerdo de la hostilidad, podemos seguir siendo un pueblo unido a pesar de nuestras diferencias.
*Hadas Franco es abogada y mediadora, además de coach personal especializada en relaciones, confianza y realización personal y familiar.
















